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En Medio de la Nada
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03-07-2008, 07:13 PM
(Este mensaje fue modificado por última vez en: 03-07-2008 07:17 PM por Ryükossei.)
Mensaje: #1
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En Medio de la Nada
¡Muy buenas, lectores!
Antes que nada, os aviso que este one shot no es apto para mentes sensibles, y lo digo totalmente en serio. Es un hentai extremadamente explícito y perverso Pero si alguno de vosotros llega a leerlo, agradecería vuestra opinión y que sea sincera, por favor, totalmente sincera El one shot lo pongo dividido en dos partes en los siguientes spoilers. La primera parte no es tan fuerte como la segunda. Espero que os guste. Spoiler (Clic para ver)
En Medio de la Nada Todo aquello ya no era como antes, como hacía tan sólo unas horas. Resultaba inconcebible pensar en cómo había cambiado el entorno cuando en realidad todo seguía estando en su lugar. No era por ser de día ni por ser de noche, tampoco era por la ausencia o presencia de los mismos seres que siempre habían pisado el solemne lugar. Se trataba de todo en general. Las malignas vibraciones, el terror, la desesperación y la impotencia estaban invadiendo el templo sagrado Todai-Ji que siempre había vivido en la más íntegra paz en el poblado de Nara, cuyos habitantes se arremolinaban alrededor del edificio permaneciendo quietos como estatuas, sin expresión en el rostro, sin brillo en los ojos. Les habían arrebatado el alma. Eran marionetas manipuladas por una voluntad ajena, que lo único que hacían era obedecer a la orden de matar a todo aquel extraño que tuviera la osadía de aproximarse. La truculenta y negra noche no había hecho más que caer, unida al más tenebroso coro que el viento no haya entonado jamás. En el interior del sagrado territorio se escuchaba esa funesta canción y las tinieblas penetraban como una sombría neblina, sólo el tenue resplandor de las llamas que oscilaban sobre las lámparas de aceite hacían un esfuerzo por abarcar con su luz tan extensa estancia. Se trataba de la doble cúpula, donde reinaba la imponente y gigantesca figura de Buda hecha de bronce, de proporciones armoniosas. La visión de tan inmenso ser, reluciente en la penumbra, resultaba grandiosa. El techo superaba en altura a lo que la luz de las llamas podían alcanzar y era imposible divisarlo en medio de la oscuridad que lo cubría. Pero nada ahí era tan grande como el pavor que corroía las entrañas de unos veinte monjes, que aún se negaban a abandonar el monumento. No sabían porqué, pero ahora que se encontraban en tan inconmensurable peligro, todo aquel interior, tan frío, oscuro y grande les parecía un confuso laberinto, como si no estuvieran en su hogar, sino en una cárcel. Los desafortunados monjes corrían apresuradamente por los largos pasillos, plenos de una muy débil y titilante luz anaranjada, sintiendo crecer su fatiga y espanto. _ ¿Dónde está?_ preguntó uno sofocado y repleto de sudor. _ ¿La hemos despistado?_ preguntó otro con la mandíbula temblorosa. _ Sinceramente, no lo creo_ contestó un tercero desesperanzado. Guardaron silencio durante unos segundos y aprovecharon para coger aire, esperando también que el ritmo de los latidos del corazón se sosegara, pero lo único que consiguieron fue ponerse más nerviosos a la espera de la inminente llegada de su pequeña perseguidora. _ ¡Mirad!_ gritó uno preparando su cetro_ ¡Ahí está! Los demás dirigieron sus aterradas miradas hacia la pequeña figura de una niña albina que de pronto apareció ahí. Su blancura contrastaba de una forma sorprendente con la oscuridad, tenía el cabello completamente níveo, al contrario que los ojos, que eran de un negro total y sin ningún brillo. Pero lo más desconcertante en aquella enigmática niña demonio era, sin ninguna duda, la considerable falta de expresión de su rostro, era tan impertérrito como el de una muñeca, o bien como el de una muerta. Tal imagen llenó de aprensión a los allí presentes. En sus manos portaba un espejo redondo que parecía no abandonar nunca, con él ya había conseguido atrapar las almas de los aldeanos y les había manipulado la voluntad. A otros, sin embargo, les había quitado la vida. _ ¡Acabad con ella! Pero antes de que los hombres pudieran mover un dedo para utilizar su poder dármico, la criatura alzó el espejo a la altura necesaria para que los monjes pudieran reflejarse en él. Todo ocurrió muy deprisa. Los que tuvieron la desgracia de estar más próximos a ella sintieron cómo una energía maléfica se introducía en sus pechos y les absorbía el espíritu. Fue una sensación harto desagradable e indescriptible, imposible de explicar con palabras. Su consciencia, su razón, sus recuerdos, incluso aquellos imposibles de borrar, o algo tan simple como saber sus propios nombres, se fueron desvaneciendo, cayendo así, en la más insondable oscuridad. Uno por uno fueron cayendo al suelo como pesados sacos, pues ahora no eran personas, sólo cuerpos. Los restantes se les quedaron mirando con los ojos desorbitados, mientras que con piernas temblorosas reculaban sobrecogidos ante tan lamentable espectáculo. _ Dadme más almas_ habló la niña en susurros. Y con incierta lentitud volvió a levantar el espejo sin cambiar su impasible actitud. _ ¡Co...! ¡Corred!_ tartamudeó un monje. Los demás se apresuraron a obedecer doblando una esquina, pero para los que iban en último lugar ya era demasiado tarde, el reflejo del maligno espejo los había alcanzado. _ ¡No dejéis que esa niña refleje vuestra imagen en el espejo que lleva consigo u os extraerá el alma!_ gritó otro_ ¡Evitadlo por todos los medios! Pero tanto él como los demás sabían que contra eso poco o nada se podía hacer. Seguían corriendo con el corazón en un puño intentando acceder a la salida sin más obstáculos, cuando de pronto y sin poder explicárselo, la niña volvió a aparecer frente a ellos, con el mismo semblante impasible, como si de una estatua blanca se tratara. _ ¡Imposible! _ ¡Matadla! Alzaron sus cetros, lanzaron sus sellos y rezaron a Buda rogando por sus vidas. Pero todo cuanto hicieron fue inútil, ya que no pudieron esquivar el enfoque del espejo. Todos cayeron al suelo, derramando un último suspiro que se dejó oír melancólicamente por la larga estancia. Ahora todo quedó en el más absoluto silencio. Kanna se quedó inmóvil durante unos segundos con su vacía mirada puesta en los yacientes monjes, mostraba una compostura tan impávida como era costumbre, parecía que no era consecuente de lo que había provocado, o como si se considerara plenamente inocente del suceso, como si hubiera hecho lo más normal del mundo. Miró su espejo y pasó una blanca y suave mano por el cristal, casi sin llegar a rozarlo. _ Aún queda..._ musitaba con una voz que no parecía natural_ un alma más. Y el espejo volvió a reflejar la imagen de su rostro, como si de un inocente objeto se tratara. _ Muéstrame a aquel que aún me queda. El artefacto obedeció a la niña revelándole la figura de la única persona que aún se encontraba verdaderamente consciente de lo que estaba ocurriendo: el Sumo Sacerdote. Un grupo de extraños demonios había irrumpido con maléficas artes en el sagrado templo y sabía que estaba atrapado. La niña había hechizado a los aldeanos que, invadidos por la curiosidad, habían cometido el error de acercarse a mirar, y ahora rodeaban el edificio con las más escalofriantes armas, preparados para acabar con su vida si se atrevía a huir. Era algo terriblemente espantoso saber que si no optaba por esa alternativa, los demonios asaltadores tampoco le iban a dejar vivir. En la sala de la doble cúpula, el Sumo Sacerdote esperaba con el corazón oprimido la inminente llegada de los demonios, que enseguida iban a llegar a su encuentro para matarle o para arrancarle el espíritu del cuerpo, tarde o temprano, uno u otro, pero llegarían. La estancia permanecía en silencio y en penumbra, sólo con unas escasas luces anaranjadas y titilantes. El desafortunado hombre se sostenía en pie aguantando la presión de sus nervios, apenas respiraba, y si lo hacía siempre era mediante suspiros entrecortados. Las pupilas de sus ojos se movían en todas direcciones, cualquier atisbo en el ambiente, por nimio que fuera, le hacía sobresaltarse. Aquellos momentos le parecieron una eternidad y casi estuvo a punto de tomar la decisión de escapar del lugar a hurtadillas cuando sintió un fortísimo espanto que le hizo retroceder de un salto al ver justo en frente de él a la niña. _ ¡No!_ bramó el sacerdote con una voz cargada de pánico_ ¡Vete, abominable niña! ¡Esto es territorio sagrado! ¡No es lugar para ti! _ Ahora tampoco lo será para ti_ contestó ella. Y apuntó el espejo hacia su última victima para que su imagen se reflejara en él. El hombre sintió su voluntad ceder de pronto al igual que una energía siniestra le empezaba a consumir por dentro, pero misteriosamente, seguía teniendo algo de consciencia. Alzó la cabeza empleando un terrible esfuerzo y miró a su atacante con ojos llenos de furia y a la vez, de súplica. Kanna miró su poderosa arma y la examinó detenidamente. _ Esta alma no acaba de entrar_ dijo sin dar ninguna muestra de contrariedad_ Está colmada de una voluntad muy fuerte. El sacerdote sintió una pequeña chispa de esperanza. _ Mi alma no es algo que un ajeno se pueda llevar como quien lleva una piedra en el bolsillo_ dijo con las pocas fuerzas que le restaban_ No podrás arrebatármela. Buda no lo permitirá. _ Entonces... _ empezó a decir la criatura cogiendo una daga que llevaba escondida por debajo de sus inmaculadas ropas_ te mataré yo misma. Y con lentos pasos se fue acercando con aire fantasmal a su desafortunada víctima que la miraba con unos ojos que imploraban piedad, mientras alzaba la mano que empuñaba el arma. _ La maldición de Buda caerá sobre ti y sobre toda tu gente_ exhaló el sacerdote con un último esfuerzo. Kanna dejó caer el brazo que sostenía el espejo, y alzó el que llevaba el puñal, apuntando con su afilada hoja al desgraciado ser que yacía a sus pies a la espera de la dolorosa y profunda punzada. Pero antes de proceder con su cometido, divisó la alta figura de Naraku, que apareció silenciosamente saliendo de las sombras, situándose al lado del cuerpo del sacerdote. _ Adelante, Kanna_ ordenó serenamente. La niña apretó la empuñadura y con un rápido movimiento le asestó al hombre una puñalada en el cuello. El rostro de la pequeña asesina no cambió de expresión mientras realizaba tan cruel acción, ni siquiera en el momento de sentir atravesar los órganos internos de la zona afectada. Naraku observó desde ahí la escena y sonrió sutilmente, siendo consciente de las ventajas que conllevaba carecer de escrúpulos, como sucedía con su segunda obra viviente. _ El templo Todai-Ji es nuestro_ dijo. Al cabo de unas pocas horas, cuando la luna ofrecía su más siniestro esplendor con aquellas etéreas nubes negras ocultándola parcialmente como oscuros velos y dejándose arrastrar por una suave brisa, Naraku mandó llamar a Kagura. _ Kagura_ le dijo_ El espejo de Kanna está rebosante de almas que no nos aportan ningún valor. Kagura se puso el abanico plegado debajo del mentón y esbozó una siniestra sonrisa con sus encarnados labios. _ Hmmm..._ murmuró ella empleando un tono ligeramente meloso_ ¿Sugieres que me encargue de toda esa muchedumbre que está agolpada rodeando nuestro nuevo templo? Porque si es así, puedo conceder a toda esa carroña para cuervos que hemos dejado por aquí cerca el honor de prestarnos un último servicio. Al decir esto salió al frío exterior mostrándose ante las personas que habían dejado con vida, pero con el alma aún en el interior del espejo de Kanna. Abrió su abanico mediante un elegantísimo movimiento. Todas aquellas marionetas fijaron su inexpresiva mirada hacia ella. _ ¡Deleitaos con mi danza de los cadáveres!_ gritó entre risas. Al principio no pareció suceder nada en particular, pero sin embargo, poco a poco, los muertos que habían dejado durante el asalto se fueron levantando con movimientos torpes. Una vez de pie, encorvados y cubiertos de sangre medio seca, procedieron con una marcha macabra al encuentro de los que quedaban vivos, con toda clase de armas. Las víctimas, carentes de alma, actuaban como si no les fuera a pasar nada, pues no eran conscientes de lo que les iba a ocurrir. Estaban a punto de morir y no se daban cuenta. Kagura rió sin abrir la boca, contemplando la inminente masacre que se iba a producir frente a sus ojos. _ No os preocupéis_ murmuró embelesada_ Pronto vuestras almas saldrán de su prisión y volarán libres en busca de un cuerpo que poseer, pero me temo que sólo encontrarán carroña. Al poco tiempo todo quedó en silencio y los alrededores del templo cubiertos de cuerpos ensangrentados. En el aire, además de una fría brisa, sólo quedaba el olor dulzón de la sangre y los continuos gritos de los cuervos. Kanna sentía su espejo resplandecer, estaba repleto de almas furiosas que querían descansar en paz. Pero la niña no se molestó en liberarlas. _ Aún puede resistir_ dijo y lo dejó a un lado. Ella estaba sentada en el suelo de una estancia algo recóndita. Ahí podría pasar horas y horas sola, sin echar en falta ninguna compañía o entretenimiento. No prestaba atención a su alrededor, a pesar de que fuera su nueva conquista, ni siquiera para explorarlo y poder así familiarizarse con el desconocido entorno, en el que iban a residir durante todo el tiempo necesario o hasta que a Naraku le viniera en gana. Tampoco sentía ni una pizca de curiosidad, nunca la había sentido por nada. De modo que le eran totalmente indiferentes todas aquellas paredes y objetos que la rodeaban, al igual que todas las personas con las que siempre había vivido. Hacía caso omiso de las valiosas reliquias que se encontraban en esa misma habitación, y también de las impresionantes esculturas de bronce que representaban a Buda, Tamonten y Niyorin Kannon Bosatsu, cuyas sombras y luces que en ellos se reflejaban oscilaban al ritmo del escaso fuego, que daba a la habitación una tenuidad que rozaba el desconcierto. Hakudôshi vio a su enigmática hermana ahí sola cuando cruzaba el pasillo. Entornó sus ojos y le pareció que no estaba haciendo absolutamente nada, ni siquiera coger el espejo de las almas, porque si había algo que solía hacer Kanna era estar pendiente de dicho objeto. Pero ahora ni siquiera eso. El niño se quedó en el umbral de la puerta y echó un vistazo a la sala, parecía más bien amplia, pero se veía realmente poco. Decidió entrar para curiosear, no sin cerrar la puerta tras de sí. Kanna no tomó en cuenta la presencia de Hakudôshi, aún sabiendo que él estaba ahí, le daba la espalda y no le dirigió la mirada y ni una palabra. El chaval, que la conocía como la palma de su mano, no le extrañó tal demostración de apatía. _ Tú, como siempre, tan sociable_ ironizó el niño, empleando un tono algo despectivo. Y como era de esperar, Kanna no replicó, ni siquiera pareció escucharle. Seguía sentada en el suelo, medio envuelta en una acogedora oscuridad. Hakudôshi la repasó con la mirada, pensó que más que una niña parecía un objeto. No entendía para qué vivía alguien así, ni cómo podía sobrellevar una existencia tan apagada como aquella. Era una completa estupidez seguir esperando una respuesta por parte de su hermana, de modo que desvió su atención al extenso recinto, especialmente a las estatuas y las paredes. El techo, por mucho que se agudizara la vista no se conseguía distinguir. _ Aquí no se ve un pimiento_ se quejó mientras comenzaba a caminar silenciosamente sin un rumbo en especial. A continuación, prosiguió otro largo silencio. _ ¿Sabes?_ dijo el niño_ Naraku y los demás lo están pasando en grande planeando el próximo asalto ¿A que no adivinas cual va a ser nuestro nuevo blanco? Pero, como era de esperar, Kanna no contestó. Hakudôshi entornó los ojos y la miró contrariado, no le agradaba la idea de ser ignorado, y menos con tan descomunal descaro. _ ¡Tsk!_ emitió dando una rápida media vuelta_ Aunque lo supieras nunca contestarías. Con tal de no abrir la boca... Nada de lo que hagamos te importa. Hakudôshi volvió a mirarla, pero sin esperanza alguna de observar ninguna reacción por parte de la niña. Ya no sabía ni para qué hablaba. Pero de pronto ella le sorprendió. _ ¿Por qué?_ musitó Kanna sin intercambiar su mirada con la de su hermano. Al niño no sólo le desconcertó que ella le empezara a hablar, sino su extraña pregunta, que poco parecía tener algo que ver con lo que él le había estado diciendo. _ ¿Qué? _ Si sabes que no me incumbe nada... _ aclaró Kanna con su débil voz_ deberías saber que conversas con la persona equivocada. Hakudôshi alzó las cejas y esta vez fue él quien se quedó callado, pero sólo durante unos segundos. Se dirigió a la escultura de Tamonten y se sentó en el pedestal, apoyando la espalda en la pierna de la gran figura. En ese lugar, podía estar más cerca de ella y verle la cara, cuyos ojos, de un negro sin brillo, no parecían mirar a ninguna parte. El niño escrutó bien ese rostro inexpresivo de su hermana y, poco a poco, empezó a esbozar una de sus arrogantes sonrisas. _ Vaya..._ dijo arrastrando la palabra y con una voz susurrante_ Me parece haber captado un ligero parecido entre tú y yo, Kanna. En realidad sólo quería entablar conversación contigo, no es que me importe lo que Naraku pretenda hacer en el futuro, ni el lugar adonde vayamos a realizar nuestra siguiente invasión. Sólo una cosa es cierta, y es que pocos asuntos merecen mi interés, eso es todo. Si hablar fuera una de las costumbres de la pequeña le habría dicho que para ella también había pocos asuntos que merecían su interés, pero era obvio que eso él ya lo sabía de sobra. Volvió a permanecer callada y sin mirar a ninguna parte, con su indisoluble forma de mirar tan vacía. _ Pero no pienses que ignoro nuestro próximo objetivo_ aclaró Hakudôshi_ Estoy convencido de que hasta a ti te va a impresionar, o por lo menos un poco. Pero se equivocó. Kanna seguía indiferente y sin pizca de curiosidad, ni siquiera ante la perspectiva de que la respuesta la iba a dejar impresionada. Su hermano, que siempre había demostrado ser un niño repleto de una desmedida soberbia, odiaba terriblemente sentirse ignorado. Entornó sus despeluznantes ojos claros, en los que se reflejaban las oscilantes llamas resplandecientes, y comenzó a fulminarla con la mirada, con una rabia casi incontenible. _ Hasta las estatuas que hay aquí tienen más vida que tú_ dijo con un tono en la voz que mostraba mucho más su cólera que lo que había dicho_ Niña, eres repugnante. Kanna se acomodó descruzando sus suaves y tiernas piernas infantiles aún sentada en el suelo, su semblante era como quien oye llover, a pesar de haber oído el insulto que acababa de recibir de forma tan despectiva. La ira de Hakudoshi por sentirse tan atrevidamente despreciado iba en un alarmante aumento, incluso llegó a pensar que la altivez de su hermana era aún mayor que la suya, pero pronto se quitó esa idea de la cabeza, Kanna no tenía sentimientos de ningún tipo ¿Por qué iba a pecar ella de un exceso de autosuficiencia? El chaval seguía mirándola con más irritación aún y su respiración se volvió pesada y profunda, como la de alguien que siente que va a estallar, y un repentino calor desagradable comenzó a apoderarse de su cuerpo. _ La verdad, no sé qué estoy haciendo aquí_ comentó Hakudoshi_ Tampoco me hace mucha gracia la idea de volver a mezclarme con el resto aunque hablen mucho más que tú. Después de decir eso, decidió estar un rato callado, a la espera de que su hermana pudiera sorprenderle de nuevo con otro comentario, algo tan inusual en ella. Pero pasó un minuto sin que ella dijera nada, lo único que hizo fue coger su espejo y mirar las almas que permanecían prisioneras ahí, un minuto que mantuvo entretenido a Hakudoshi mientras observaba detenidamente a su hermana. Se deslizó silenciosamente por el pedestal hasta llegar al suelo y una vez ahí se dirigió hacia donde se encontraba Kanna sentada de rodillas. Cuando ya estaba en frente de ella se sentó él también, quedándose no muy lejos. En esa zona se podía ver mucho mejor la cara de la pequeña, parecía tener sueño, y era normal, ya que estaba muy entrada la noche. Sin embargo y por lo que pudo observar Hakudôshi, no parecía tener ninguna intención de echarse a dormir. _ Si tienes sueño vete a la cama_ le dijo. _ No tengo sueño_ replicó en susurros mirándole por primera vez a los ojos desde que había entrado en la sala. _ Pues tu cara me dice lo contrario_ y el chaval esbozó una repentina sonrisa_ ¡Ah, claro! Esa es tu cara. Cualquiera diría que tienes puesta una máscara, siempre te muestras igual de impasible. Kanna no contestó a eso y lentamente volvió a desviar su mirada de Hakudôshi para centrarse de nuevo en su espejo, al que no parecía abandonar nunca. El niño, de todas formas, no había estado esperando ninguna manifestación y contempló él también la demoníaca arma que absorbía espíritus. _ Oye, hermana_ dijo el chaval arrastrándose en el suelo para acercarse más a la niña, a la que llegó a rozarle las rodillas_ ¿Tú crees que yo podría utilizar eso? _ ¿Utilizar qué? _ ¿Pues qué va a ser?_ dijo con cierta brusquedad_ Tu queridísimo amiguito, el espejito. Kanna no cambió su expresión, pero sí volvió a dirigirle una seria mirada como la de antes. _ Esto... _ contestó con un leve deje desdeñoso_ no puede utilizarlo cualquiera. _ Oh... _ el chaval se inclinó lentamente hacia delante, de modo que a su rostro y al de su hermana sólo les separaba un palmo y continuó en cuchicheos_ Eso es un “sí” _ Eso es un “no”_ contradijo la niña en un tono de lo más hosco. Tal respuesta ofendió intensamente a Hakudôshi, que volvió a erguirse. _ ¿Qué me has llamado? Pero Kanna, muy lejos de querer contestar a esa pregunta, se desvió del asunto que llevó a su hermano al enojo. _ Sólo yo puedo utilizarlo. Había algo en el tono de Kanna y también en la forma de mirar que le hacía pensar a Hakudôshi que detrás de esa apariencia de niña silenciosa había un ser que sabía muy bien lo que decía y lo que hacía. Además, aquel tono tan terminante con el que hablaba contrastaba sobremanera con la expresión de extenuación que había en su rostro y con la aparente fragilidad de su pequeño cuerpo, cuyos ropajes y cabellos eran tan blancos e inmaculados como la fría nieve. Aquello provocó en el chaval una impresión extraña, tal vez agradable al mismo tiempo. _ ¿Cómo estás tan segura?_ preguntó el chaval muy seguro de sí mismo_ Si no te separas nunca de él, es muy normal que los demás no puedan intentarlo. _ Jamás lo entenderías_ dijo la pequeña con la intención de dar por concluida la conversación. Hakudôshi entrecerró sus ojos de color violeta y toda sonrisa se borró de su rostro, para dar paso a una mirada llena de contrariedad. _ Nunca te entenderé a ti. Y después de eso ya ninguno volvió a abrir la boca inmediatamente, permanecieron en un largo silencio. Kanna colocó su inseparable espejo en sus piernas, pero lo seguía observando, muy atenta a las almas que dicho objeto tenía presas. Tenía las almas de la gente del pueblo y las de los monjes del templo, pero le faltaba la del Sumo Sacerdote, lo que le suponía una pequeña espina clavada. Hakudôshi, mientras tanto, se distraía escudriñando embargadamente la figura de su hermana con todo descaro, de los pies a la cabeza y de la cabeza a los pies, sin detenimiento. La sensación que le provocaba aquella niña era cada vez más extraña. Por un lado no hacía más que exasperarle con su inexpresivo comportamiento y sus rarezas, pero por otro lado, le embriagaba. Le estaba recorriendo con una mirada que se podía sentir en la piel, e incluso también por debajo de ella. Kanna la podía apreciar muy bien, a pesar de que no tenía los ojos puestos en él, pero en ningún momento sintió ni pizca de incomodidad. Alzó el espejo para ponerlo más a su altura, hasta que la mano de Hakudoshi detuvo el movimiento cogiéndolo por un borde, y después, muy suavemente lo fue retirando del rostro de la niña. Ella le miró con una sombra de desconcierto. El chaval clavó su mirada insolente en los ojos de su hermana. _ Deja a un lado este trasto por un rato ¿Vale?_ le dijo en unos sugerentes susurros pero a modo de exigencia. Kanna sintió de pronto una cierta turbación ante aquella forma de mirar. No era capaz de percibir qué era lo que había notado en su hermano, pero sabía que algo tenía que haber, y ese algo le provocó una inquietud que no se podía explicar. Hakudôshi tenía las ideas mucho más claras que ella, y definitivamente ya no tenía intención de salir de la estancia, y lo cierto era que no le importaba pensar en eso. En su interior descubrió un sentimiento contradictorio, que hizo que la expresión de su rostro cambiara por completo. El gesto cargado de ira que tenía antes desapareció poco a poco. Ahora la miraba con un interés inquietante y perturbador, sonriendo de esa manera tan suya y una mirada tan fija, penetrante y con un fulgor tan rebosante de todo lo contrario a la palabra “inocencia” que resultaba verdaderamente difícil deducir si la expresión que tenía antes auguraba más peligro que la que dejaba ver ahora. Siempre había sido consciente de la actitud excesivamente reservada de su hermana, que hacía que a veces pareciera inexistente, y nunca había tomado en cuenta lo que en esos precisos momentos estaba causando una fuerte atracción hacia ella: su actitud excesivamente reservada. Sí, era lo mismo pero a la vez no era lo mismo, si se veía bajo otro punto de vista. El chaval encontró otro concepto en la conducta de su hermana, seguía siendo la niña reservada y callada de siempre, pero ahora él se dio cuenta de lo atractivo que había en todo eso y comenzó a pensar en ella como una niña interesante y enigmática. Aún tenía la mano puesta en el espejo que Kanna sostenía entre las suyas. Por unos segundos se quedaron así, como paralizados y en silencio, un silencio que a Kanna, por una extraña razón, ya empezaba a parecerle embarazoso. Sus miradas seguían sólidamente cruzadas, a pesar de que a la pequeña ya empezaban a entrarle ganas de retirarla, pero no lo hizo. Había algo, no sabía qué, que se lo impedía. El chaval, por su parte y sin desviar su atención de los ojos de la niña, comenzó a deslizar lentamente su mano por el borde del espejo hacia abajo, abriendo cada vez más su insolente y altanera sonrisa, hasta llegar a la mano de Kanna. Ésta sintió un repentino e inesperado escalofrío recorrer su espalda. Hakudôshi, de alguna manera, lo pudo percibir, lo que le halagó considerablemente. Con las yemas de sus dedos entró a rozar con impudicia los de su hermana, la cual entreabrió la boca con un creciente nerviosismo y sin darse cuenta fue apretando con sus manos el borde de su arma. El otro, mientras tanto, no apartaba los ojos de los de Kanna, que a medida que le iba rozando los dedos provocativamente, se iban llenando de fervor. Sin poder sostener la situación con la suficiente entereza, Kanna sintió que las palabras se le escapaban de la boca. _ ¿Qué haces?_ le preguntó. Hakudôshi tardó en contestar, pues prefirió estar más tiempo dedicado a la tarea sin decir nada mientras la contemplaba con un aumentado hervor, pero finalmente lo hizo. _ Tocarte_ respondió sin pizca de vergüenza. Aquello era todo un reto. Estaba contemplando a una niña aparentemente desvalida, con una cara que si mostraba algo, lo más parecido a lo que podría ser era cansancio, con sus ojos negros entrecerrados y su boca que parecía no tener ni un solo músculo. Hakudôshi la miraba con creciente interés. Sabía muy bien lo que quería hacer con ella. Su obscena mirada recorría el pequeño cuerpo de Kanna, que seguía inmóvil, y mientras se entretuvo pensando en lo mucho que empezaba a desear tomarlo en su posesión y hacer con él lo que le viniera en gana, tener a su merced a esa criatura blanca y pura con aspecto indefenso, sin importarle en absoluto lo que fuera la voluntad de ella. Kanna, tras esa respuesta, oprimió con más fuerza el espejo casi sin darse cuenta. Sentía la necesidad de apartar la mirada de aquellos perversos ojos que la observaban con creciente lascivia. Y así lo hizo, se quedó mirando al suelo con una sensación de desorientación que nunca antes había sentido. Los segundos que transcurrieron a continuación le parecieron horas y seguía alerta ante el comportamiento de su hermano. Por fin, sintió cómo él retiró su mano de la de ella, notando a su vez el frescor del aire en la zona, lo que la hizo descubrir que la tenía ligeramente sudada. Después siguió un gran e indescriptible alivio al ver que Hakudôshi se dispuso a gatear para irse en dirección a la salida de la estancia. A la niña le invadió la esperanza de poder ver por fin a su hermano marcharse y así dejarla en paz, pero gran parte de dicha esperanza se esfumó cuando el chaval pasó por su lado y se restregó lentamente y de forma incitante con el cuerpo de la pequeña, la cual volvió a sentir un escalofrío, pero mucho más intenso. Hakudôshi restregó buena parte del lado derecho de su cuerpo en el de Kanna al cruzarse con ella, la cual llenó sus pulmones empleando un serio esfuerzo, pues sentía como si alguien se los estuviera oprimiendo. El descarado muchacho, mientras tanto, prosiguió rozando sien y mejilla con las de ella y ahí giró la cabeza para derramar una risilla siniestra en su oído, lo que provocó que a Kanna le empezaran a sudar más las manos y que el ritmo de los latidos de su corazón se acelerara. Ese malestar se hacía insostenible, por primera vez en su vida sintió la urgencia de estar bien lejos de alguien, y nunca antes ningún ser sobre la faz de la tierra la había hecho sentirse incómoda en ningún momento. Cuando al fin dejó de notar el contacto de su hermano, cerró los ojos y derramó todo el aire contenido en los pulmones, la esperanza de que la fuera a dejar sola volvió a ella. Pero a los pocos segundos la abandonó. Se le paralizó la respiración y dejó caer el espejo de sus manos al notar toda la zona frontal de Hakudôshi en su espalda. El chaval se encontraba sentado de rodillas detrás de su hermana, muy arrimado a ella. Posó las manos sobre los menudos hombros de Kanna para atraerla más hacia sí y con un movimiento suave comenzó a manoseárselos. Sus ojos cobraron un brillo protervo al percibir la aprensión de la niña, la cual ya empezaba a temblar. Aquello supuso todo un halago para Hakudôshi, que se excitaba más a cada muestra de intimidación que manifestaba su pequeña víctima. Los segundos transcurrieron y Kanna seguía paralizada, presa de un azoramiento como nunca había sentido, notando en su espalda el sofocante calor que desprendía el cuerpo de su hermano, el cual sonreía de placer ante el descubrimiento de que la niña respiraba deprisa, profunda y entrecortadamente y que el ritmo de sus latidos se desbocaba a causa de la infernal situación que estaba sobrellevando. Hakudôshi dejó los hombros de Kanna y con una mano le apartó suavemente los cabellos que cubrían el lado izquierdo de su cuello. Ella cerró los ojos con fuerza, a la expectación de la siguiente reacción de su acosador, reacción que no se hizo esperar. El chaval fue pasando de forma suntuosa un brazo por el pecho de la pequeña y otro por el vientre, aprisionándola con fuerza y pasión, transmitiendo de esta manera un modo de decir “Me perteneces” “Esto..._se decía Kanna para sus adentros_ no puede estar pasando” Hakudôshi percibía a la perfección el terror de su pequeña víctima, era algo tan evidente que le parecía estar palpándolo. Sí, Kanna era presa absoluta de una gran ofuscación, lo notaba en su costosa forma de respirar, por no hablar de la otra sensación que invadía su mente, pues despedía pavor por todos los poros de su piel, una piel que, debido a los nervios, se iba humedeciendo de sudor, y no por la tórrida calidez que desprendía el cuerpo de su hermano. El chaval dirigió su boca entreabierta hacia el suave cuello de Kanna, la cual no paraba de sentir violentos escalofríos al notar la candente respiración de su acosador en la zona. Él se fue acercando más y más a su objetivo, muy decidido a dedicarle lo que era debido. Sus labios se posaron en la piel de su hermana, a la que empezó a obsequiar con unos besos húmedos y sensuales. A ella se le quedó la carne de gallina y sus ojos se desorbitaron, empezó a ver el mundo del revés, aumentando la sensación de que lo que estaba pasando no podía ser verdad, que su propio hermano de sangre estuviera ahí, abrazándola intensamente por detrás y baboseándole libidinosamente el cuello, pero con una maestría tan mayúscula que Kanna, a pesar de su trastorno transitorio, no pudo ser capaz de negar. Hakudôshi, a medida que se iba arrebatando más, vigorizaba su tarea besándola con más ímpetu y gracia, mordiéndola suavemente de vez en cuando. Posó una mano en el otro lado del cuello de su hermana y lo acercó más hacia sí con fuerza, sin dejar de cubrírselo con unos incesantes y fogosos chupetones. Kanna volvió a cerrar los ojos con fuerza y apretó los dientes, sintiendo dolor, pero más que nada, un violento nerviosismo. Tenía que parar todo eso de una vez y cuanto antes lo hiciera mejor, pero estaba tan apretado el nudo que tenía en la garganta que no iba a ser pequeño el esfuerzo de sacar las palabras. _ Basta_ dijo mediante débiles susurros. Pero Hakudoshi estaba tan abstraído en la faena que ni la oyó y siguió con lo mismo, sin parar ni un segundo. _ Para_ insistió la pequeña alzando la voz. Esta vez, el chaval sí la había oído pero decidió no hacer caso. Todo lo contrario. El brazo que rodeaba su vientre la oprimió aún más, haciendo que ella sintiera su abrasador calor corporal, y la mano que tenía sobre su cuello la fue deslizando hasta la mejilla, hundiéndole los dedos sobre la piel. Kanna se sintió de lo más agobiada, con una necesidad urgente de deshacerse de esos brazos, y sobretodo de esa boca irrefrenable que la impregnaba de impureza. _ ¡Basta, por favor!_ exclamó agitándose lo poco que pudo. Hakudôshi se detuvo por fin y separó su boca de la piel de la niña. Respiraba, más o menos, tranquilamente. Era sorprendente el tremendo dominio que tenía de sí mismo. _ ¿Algún problema?_ preguntó. Kanna tardó en contestar, no sólo por la confusión mental de la que era víctima, sino también por el hecho de que tenía la razonable impresión de que ya no hablaba con el mismo ser que siempre había conocido. Se asombró considerablemente del enorme respeto que ahora le imponía el muchacho, al que antes le trataba como a un igual. _ Quiero que pares_ respondió al fin con una vocecilla débil y tímida _ Déjame. El tono con el que hablaba la niña le indicó a Hakudôshi que se estaba sintiendo empequeñecida por momentos, lo que le produjo un ardor más potente que el que había estado sintiendo hasta ahora. Cada vez era mayor la seguridad de que la tenía en sus manos, que a medida que él se enaltecía ella se atenuaba. Era un pensamiento que le hizo sonreír abiertamente, con la convicción de estar consiguiendo lo que se había propuesto, y sobretodo de la manera que siempre había deseado: pisoteando a su víctima para su mayor agrado. Pero ahora que lo pensaba, Kanna no era ninguna víctima, era toda una privilegiada. _ Calla y escúchame_ ordenó el muchacho con una voz cargada de dominio y, a la vez, de sensualidad_ Esta es tu noche de suerte. Voy a darte el honor de hacerte mía. La niña se horrorizó hasta la médula. Sus ojos quedaron desorbitados y sintió que toda ella se había congelado. “¡¿Qué?!” pensó sin poder creerse lo que había oído “Va en serio” “Es imposible” Poco después volvió a recibir las impúdicas atenciones de su acompañante, que se volvió más efusivo que anteriormente. Emprendió a recorrer el cuerpo de la pequeña con unas manos ardientes y briosas. Ella poco podía hacer ante tan fogoso proceder, forcejeaba con todas sus fuerzas para desasirse de esos brazos agobiantes y para apartarse de esa boca hambrienta de carne femenina, pero era inútil. El calor que invadía su cuerpo se hacía cada vez más sofocante, no podía aguantar ese bochorno que hacía que su piel se cubriera de un sudor cada vez más abundante, y mucho menos con esas fuertes ataduras que le impedían moverse con libertad, como si de una camisa de fuerza se tratase. Con mucho esfuerzo estiró una pierna hacia delante y después la otra, dejándolas ligeramente separadas. Fue un pequeño alivio notar en ellas el frescor del ambiente, un frescor incrementado gracias a la humedad que las cubrían. Hincó los talones en el suelo y dobló las rodillas, tenía el objetivo de salir por debajo de los brazos de Hakudôshi, el cual notó cómo el cuerpo de Kanna, con gran esfuerzo comenzó a deslizarse, buscando desesperadamente la liberación. El muchacho, al ver aquello, explotó en crueles carcajadas. Kanna era presa de una considerable angustia y sobretodo ahora que advirtió que se había quedado a medio camino, ya sin poder continuar con su intento. Los brazos que la agarraban impedían su huida. Ella sólo llegó a escurrirse unos cuantos centímetros, de modo que su cabeza quedó justo debajo de la barbilla de su hermano. Algunos mechones de su ahora despeinado cabello caían hacia delante, cubriéndole parcialmente la cara. _ Venga_ dijo él sonriendo abiertamente_ No seas estrecha. Y con las manos cogió el pequeño y tierno cuerpo que tenía delante agarrándole de las costillas, y con una sorprendente facilidad lo alzó para volver a ponerlo a su altura, como si fuera una muñeca de trapo. Kanna volvía a estar como antes, sentada e inmóvil, con su propio hermano detrás saciando en ella sus ansias carnales, a base de manoseos arrebatados y besos nada inocentes. Aquello era una pesadilla. No tuvo más remedio que renunciar a todo tipo de intento, por lo menos por ahora, hasta volver a coger fuerzas. Esperó y esperó sin dejar de escandalizarse en todo momento por el proceder del chaval. Transcurrieron un par de minutos y ella seguía dejándose hacer. Descubrió que por un instante había quedado tan absorta que casi se le olvidaba que se había quedado quieta con el objetivo de coger fuerzas y aire. Pensó que ya iba siendo el momento de retomar su intento de escapar ¿Pero cómo? Ella, a pesar de haber quitado almas y vidas a los humanos, era una niña muy pacífica y nunca golpeaba ni mordía, aunque bien se lo merecía el condenado muchacho. Tenía que haber otra manera... que ya se le ocurriría. Pero tal pensamiento se fue desvaneciendo de su mente y poco a poco volvió a quedar sumergida en su ensimismamiento. Al principio no reparó en lo que estaba pensando, en realidad estuvo un rato sin pensar en nada, como si su mente se hubiera llenado de una espesa niebla. Pero pronto se fue dando cuenta de que pensaba en que aún no había recuperado suficiente fuerza, de modo que siguió esperando, mientras su hermano se eternizaba con su tarea. Pero sin duda, a Kanna le estaba pasando algo muy raro y ella misma fue consciente de ello. En realidad ya había pasado el tiempo suficiente para recuperar las fuerzas perdidas ¿Y entonces por qué diablos se empeñaba en creer lo contrario? _ Vamos, Kanna_ dijo el niño de forma autoritaria y ansiosa_ Acepta de una vez que no tienes más opción. Efectivamente, la pequeña se sentía capaz de un segundo intento, ya había descansado bastante. Tal vez no le serviría para escapar, ya que Hakudôshi tenía mucha más fuerza que ella, pero sí para entorpecer aquella conducta obscena que la tenía bloqueada. Volvió a forcejear, pero notó que se le hacía más difícil que la primera vez. Era porque en su subconsciente no tenía intención alguna de aprovechar al máximo sus energías. Luego, al volver a quedarse quieta, reparó en aquello y de pronto se vio confundida, sin saber muy bien lo que quería. Muy a su pesar, descubrió que se sentía enormemente a gusto entre los brazos que la ceñían, pero no por ser los brazos de un cualquiera que casualmente gozaba de una gran habilidad para embelesar a quien estuviera recibiendo ciertas atenciones, sino porque eran de aquel insolente, déspota y prepotente muchacho que se había empeñado rotundamente en convertirse en su poseedor por una noche. Pero ya que no podía hacer nada ante la situación, porque intentar escapar era perder el tiempo, pensó que no haría algo muy malo en prestar un poco más de atención a las artes de su hermano, sólo por curiosidad tal vez y seguir sin hacer nada, mantenerse a parte y centrarse en su ojo crítico. Pero también supo que eso ya no hacía falta, pues desde el principio se vio obligada a reconocer que el chaval se estaba dando una maña impresionante, una maña de las que hay que tener cuidado, porque trastorna, porque atrae, porque arrebata... _Porque enloquece..._ susurró Kanna casi inaudiblemente y de cara al techo con los ojos cerrados, sorprendiéndose de sí misma. Era ahora cuando se daba verdadera cuenta de que ni ella misma era libre de tentaciones. Se empezó a sentir tremendamente hipnotizada. La sensación era tan fuerte que no pudo escandalizarse ante el pensamiento de que su propio hermano le estaba provocando una inmensa atracción, con su maestría y con su desvergonzado comportamiento de tirano arrogante. Respiró y respiró hondamente notándose nerviosa. En su interior nacía un estremecimiento intenso, que la hacía sentirse asustada y a la vez entusiasmada. Los escalofríos que recorrían su espalda eran continuos y electrizantes, eran la señal de que tenía la recóndita necesidad de sofocar sus deseos en aquel muchacho que ahora le estaba viendo como un ser arrobador. _Que Buda me perdone_ dijo con el mismo tono casi inaudible de antes, sintiéndose definitivamente, vencida. Derramando un prolongado suspiro de ansiedad, giró suavemente la cabeza hacia donde se encontraba la de su apasionado acompañante, el cual percibió claramente en el pecho de su hermana los violentos y apresurados golpes que le daba el corazón. Hakudôshi separó a muy corta distancia sus labios del cuello de Kanna, el cual mostraba ahora una zona muy enrojecida. Sonrió para sí sabiendo que ya había conseguido tenerla cautiva y que a pesar de sus negativas, finalmente se tenía que ver con la obligación de ceder a sus tentaciones. Realmente, el chaval no esperaba menos. Con la total confianza en que Kanna no iba a salir huyendo, decidió aflojar un poco las ataduras con las que la tenía bien amarrada. De esta forma, la niña bien podría haberse levantado para echar a correr a toda prisa y salir de la habitación, pero no lo hizo. Esa libertad, que hacía unos minutos anhelaba fervientemente, ya no la quería. Kanna se giró despacio para encontrarse de frente con Hakudôshi, pero se quedó a medias. La timidez seguía apoderándose de ella. Quedó cabizbaja, con la misma expresión de cansancio que mostraba todos los días, sin embargo, su respiración era alterada y entrecortada. El muchacho acercó su rostro al de ella, pero se detuvo, dejó que su hermana siguiera atormentándose ante la violenta situación, disfrutaba viéndola así. Ella le esquivaba la mirada, pero por otro lado, deseaba ardientemente encontrarse con aquel rostro que la sonreía con vicio y aires de autosuficiencia. Finalmente lo hizo, con mucha vacilación y apocamiento, pero se atrevió. En el momento en que ambos se encontraron cara a cara, ya no había nada capaz de destruir tan enorme atracción. Se miraron a los ojos fijamente durante unos segundos, que para la pequeña fueron largos y tensos. Él tenía el mismo brillo en la mirada que exteriorizaba su intenso deseo de abrasar al ser indefenso que tenía tan cerca, aquella mirada atravesaba la mente de la niña y se introducía profundamente, transmitiéndole así su desmedida ansia por arrebatarle la inocencia. Ella intercambiaba con él su mirada llena de timidez y dependencia, sacando a la luz que aceptaba su derrota con agrado con tal de convertirse en la privilegiada de recibir las más férvidas pasiones del Niño Blanco. Sin poder resistir más la tentación, se dispuso a reaccionar ante el impulso de rodear el cuello de su hermano con sus brazos, de un modo tan precipitado que él se sorprendió. “Esto es una aberración” se dijo la ofuscada Kanna “una irresistible aberración” Pero se dio cuenta de que quedarse tanto tiempo sin soltar a Hakudôshi le parecía demasiado embarazoso. Después de todo, él era una figura intocable y no había nadie que osara ponerle un dedo encima, fueran las intenciones que fueran. Sonrojada y arrepentida, retiró despacio sus brazos de donde estaban y los volvió a dejar inertes. Él, como siempre, se dio cuenta de su azoramiento, momento que aprovechó para volver a atenazarla con la misma fuerza de antes. La niña sintió un súbito y asfixiante calor apoderarse de todo su cuerpo, de una intensidad tan grande que parecía que iba a fundirse, y no era de extrañar. Los dos hermanos estaban muy juntos, no podían estarlo más. Se miraban, sintiendo que no podían poner los ojos en otra cosa, y sus rostros estaban demasiado cerca, incluso se tocaban. Hakudôshi se aproximó más y más, y cuanto más juntaba su rostro con el de la pequeña, notaba en su pecho que los desbocados latidos del corazón de ella se hacían cada vez más frenéticos. Sus labios se juntaron como se juntarían los de un muerto de sed con un chorro de agua clara y fresca. La niña sintió un golpe en el estómago, producido por una impresión extremadamente fuerte, pero se vio incapaz de separar su boca de la de su acompañante. Se quedó absorta, asombrándose de lo que era sentir la abrasante humedad de la saliva del muchacho. Se eternizaron besándose embriagadamente, probablemente permanecieron así más tiempo de lo que ellos creían. Hakudôshi se arrimaba más a Kanna de vez en cuando, al mismo tiempo que intensificaba su apasionado comportamiento, moviendo la boca con tanto ímpetu que a la niña le era totalmente imposible seguir su ritmo. No dejaba de sorprenderse de la valía de su hermano para estas cosas. Era la primera vez que él hacía esto, y sin embargo, podría poner en vergüenza al más experimentado. De pronto, Kanna agarró los hombros de su hermano y apartó con brusquedad su boca de la de él. _ No..._ dijo jadeante mientras esperaba a coger aire_ No debemos hacer esto. No está bien. Hakudôshi esbozó una repentina sonrisa. _ Si en esta vida nos vamos a parar a hacer únicamente lo que está bien... _ No, esto ya es demasiado_ insistió la niña en susurros intentando mantenerse firme ante la decisión de parar cuanto antes tan descomunal locura_ Debemos parar. _ ¡Ja! Ni tú misma te crees lo que acabas de decir_ contradijo el muchacho con su gesto insolente. _ Es lo que debemos hacer. Sé que me voy a arrepentir de esto..._ bajó la mirada con timidez_ De hecho, creo que empiezo a arrepentirme. El rostro de Hakudôshi se ensombreció. _ Deja ya de decir tonterías. La niña no supo más que exponer, por nada del mundo quería provocar la ira del muchacho, de modo que esperó un rato para encontrar las palabras adecuadas. _ Suéltame, por favor. _ Ni lo sueñes. _ Por favor... _ No. Kanna no podía hacer nada mientras Hakudôshi se mantuviera en su posición. Evidentemente, no hizo falta buscar las razones que deberían llevar a detener aquella barbaridad, pues las razones sobraban. _ Somos demasiado jóvenes. El chaval miró la cara de la pequeña de arriba abajo y de abajo arriba con atención, y volvió a mirarle a los ojos. _ No me vengas ahora con esas_ dijo sonriendo otra vez_ ¿Y no lo somos también para matar? Dame otra razón. Definitivamente, pensó Kanna, ese muchacho era escalofriante, no sentía reparos para hacer según qué cosas a pesar de que las razones que existían para no hacerlas eran muchas y muy poderosas, que él las conocía muy bien, pero no le importaban en absoluto. _ Somos hermanos. El niño no hizo ningún gesto de contrariedad, al revés, miró a la niña con más avidez. _ Dicen que la familia no se elige_ explicó con total tranquilidad_ Eso no significa que tampoco se pueda elegir a quien deseas entregar toda tu pasión. Porque hay sujetos que se fijan en quien no quieren ni creen convenientes para ellos mismos, que desearían odiarles hasta la médula, y sin embargo no pueden, porque existe una fuerza extraña que nace en el interior de las personas que las condena a codiciar a otras a las que no han podido elegir. Pero eso es cosa de humanos. Yo, como no siento eso, sí he podido decidir, y he decidido convertirte en mi posesión, ya seas mi hermana o algo parecido. Y te he elegido porque me gusta la idea, porque sé lo que hago y porque me da la gana. Y dicho esto, se abalanzó contra su hermana con tanta brusquedad que la pobre criatura no tuvo tiempo de reaccionar. La tiró al suelo con él sobre ella, pero se quedó quieto observando su cara, la cual reflejaba una mezcla de temor y sometimiento, como si estuviera esperando algo que necesitaba fervientemente. Él, antes que nada, desvió por un momento su atención hacia la enorme estatua de Buda, que se encontraba en frente de ellos en la penumbra. _ Buda..._ dijo el muchacho con mirada astuta y maliciosa_ Disfruta del espectáculo. ![]() ![]() ![]() ![]() ![]() ![]() En Medio de la Nada Para los más Pervertidos... Atrévete |
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03-07-2008, 07:20 PM
Mensaje: #2
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RE: En Medio de la Nada
Y la segunda parte.
Spoiler (Clic para ver)
Acto seguido se lanzó como una fiera hambrienta a chupetear el cuello de Kanna, sintiendo otra vez el suave aroma a flores que despedían sus cabellos, mientras que con una mano le sobaba las costillas. Ella respondió atrayéndole más hacia sí lanzando un prolongado y elevado suspiro de formidable placer. El peso del muchacho era considerable, pero no estaba para pensar en esas cosas, ya que sus ansias eran tan incontrolables, que le pareció estar completamente segura de querer entregarse por entero a su propio hermano. Las palabras que le había dicho no hicieron que se olvidara de que eran tan sólo niños y además hermanos, pero todo sacrificio se podía superar, con agrado incluso, si eso le hacía sentirse el ser más honrado que existía, que podía gloriarse de ser la privilegiada de obtener los más calurosos obsequios de aquel niño al que jamás volvería ver con los mismos ojos. Hakudôshi absorbía con labios y dientes la tierna piel infantil de su hermana, humedeciéndola con saliva caliente. Después de un par de minutos en los que estuvo dedicado al cuello, fue ascendiendo y ascendiendo lentamente, dando sensuales lengüetazos a todo lo que se encontraba. _ Sigue portándote así de bien_ le susurró en el momento en que llegó al oído. Después, sus labios se posaron en la mejilla de Kanna y prosiguió absorbiendo y lamiendo de forma atrayente, de arriba abajo y de abajo arriba. La niña giró la cabeza a un lado, pues la cara de su acompañante se la apretaba contra el suelo. En su boca se dibujó una débil sonrisa. Él empezó a buscar a tientas los labios de la pequeña con los suyos, derramando sobre ella una tórrida respiración propia de una bestia cargada de incontrolables deseos carnales. La mano que tenía sobándole las costillas, fue desviándose lenta y voluptuosamente hacia la parte superior de la chiquilla, pasando sin ningún pudor por la zona que, al ser una niña no desarrollada, tenía plana. Siguió deslizándose por el cuello y después por la otra mejilla que tenía pegada al suelo. Al llegar a su pelo, abrió sus dedos y los cerró de nuevo, aferrando en ellos las raíces de unos cuantos mechones que comenzó a friccionar vehementemente, lo que acabó alborotando la blanca melena de la niña. El muchacho obligó a Kanna con esa mano a mirarle frente a frente. Se quedaron unos segundos mirándose, unos segundos en los que él se dedicó a abrir una de sus insolentes y lascivas sonrisas, que parecían sumergirse en la mente de ella, haciendo que se achicara y se volviera aún más obediente. Y sin cambiar el gesto, unió su boca con la de Kanna en un ataque de arrebato febril. Los dos niños se adhirieron largamente en un eterno beso violento que les quitaba el sentido y les llevaba al éxtasis. Hakudôshi agarró brutalmente con un brazo la cintura de su hermana, la cual lanzó una queja de dolor y a la vez de placer, estrechándola con tanto vigor que a ella se le hacía difícil llenar los pulmones. La prendada chiquilla, presa de un potente impulso incontrolable, estrechó con nervio el cuello del chaval y prosiguió a manosearle la espalda y a hincarle las uñas sin ninguna consideración mientras lanzaba elevados resuellos de goce. Hakudôshi nunca había visto a Kanna así, ni mucho menos. Se asombró enormemente de su fogoso comportamiento, teniendo en cuenta su conducta habitual de niña impasible e inexpresiva. _ Vaya, hermana_ dijo a medio incorporar para verle mejor la cara_ ¿Quién te ha visto y quién te ve? Kanna no pareció oírle. Estaba demasiado excitada como para hacer caso a lo que se la decía. Agarró con fuerza los cabellos de Hakudôshi y de un fuerte tirón volvió a aproximarle hacia sí. _ ¡Ah!_ exclamó él por el daño que le produjo. Sin embargo, dejó pasar tal indisciplina hacia su persona por esa vez, ya que ver a Kanna en ese estado de enardecimiento atroz, le producía una exaltación endiablada. Ambos se fusionaron como fieras. El chaval abordó brutalmente con su boca la de su hermana y prosiguió besándola largamente con una pasión salvaje, absorbiendo, mordiendo, invadiéndola con su ardiente lengua y una larga serie de más barbaridades que harían enfermar de pudor a la prostituta más cara que pudiera existir. Con la mano que tenía libre, encontró la pierna de Kanna que tenía medio cubierta por su túnica. Fue deslizándola desenvueltamente sobre la tela y la introdujo por debajo, encontrándose así, con la tierna y redondeada rodilla de la pequeña. Pero esa mano astuta fue subiendo y subiendo hacia la ingle, recorriendo férvidamente la suave piel del muslo. La pequeña se convulsionó a causa del enardecimiento y el nerviosismo que a grandes pasos iba creciendo por los tocamientos que el muchacho le brindaba, el cual dejó la boca de la chiquilla y se incorporó para contemplar, con ojos viciosos, el irresistible espectáculo. Pero ella no le dejó mucho tiempo para mirar, su entusiasmo era tan intenso que necesitaba desahogar sus ansias como fuera. Se aferró a la ropa de Hakudôshi con los dientes y la agitó como si quisiera desgarrarla, mientras sofocaba sus chillidos con la tela. El muchacho no daba crédito a lo que tenía frente a sus ojos. Sonrió sin abandonar un gesto de asombro. _ A ti te va a dar algo_ dijo negando con la cabeza_ Pero prefiero que te de justo después de lo que tengo preparado para... No pudo terminar la frase. Kanna soltó la túnica y volvió a aferrar los cabellos del chaval con las dos manos, y comenzó a tirar de ellos con violencia hacia arriba y hacia abajo, mientras gritaba continuamente. Era su manera de implorar más y más. _ ¡Cálmate un poco!_ ordenó Hakudôshi_ ¿Cómo voy a darte lo que quieres si no me dejas? Kanna debilitó la fuerza de sus manos y poco a poco fue soltando los mechones de pelo que tenía agarrados. El muchacho volvió a tumbarse sobre ella y la atacó en su ya muy mordisqueado cuello. La niña lanzó un impaciente alarido y con sus brazos rodeó la cabeza de su acompañante apretándole a ella fuertemente. Los dos se eternizaron fusionándose, moviéndose y enroscándose. El Niño Blanco permanecía con su boca en la enrojecida piel de su hermana, chupándola, besándola, absorbiéndola y mordiéndola con una fogosidad temible, mientras que con sus manos continuaba sobándole todo el cuerpo. Ella seguía apretándole con todas sus fuerzas emitiendo jadeos entrecortados. Un asfixiante calor invadía sus cuerpos por momentos, hasta el punto de dar la sensación de que iban a fundirse. Hakudôshi se incorporó y cogió aire, después se quedó sentado de rodillas en el suelo dejando a Kanna sobreexcitada, su aspecto era el de un niño que acababa de correr la maratón, pero no estaba cansado, ni mucho menos. Mostraba su sempiterna sonrisa insolente, incluso ahora era aún más alarmante. La niña, muy sofocada y sudada, se le quedó mirando desde donde estaba con ojos suplicantes, deseaba que el chaval siguiera haciéndole lo que le había estado haciendo hasta ahora, pero vio que permanecía quieto y ella no lo entendía. Pero un destello de luz anaranjada que procedía de las antorchas iluminó el rostro del muchacho. La pequeña contuvo la respiración y su corazón se desbocó, pues había algo en ese rostro que le indicaba que su acompañante tenía planeadas para ella sus peores intenciones. Aquella mirada no era normal, ni siquiera en él, entornaba sus penetrantes ojos color violeta emitiendo un brillo de desmesurada alevosía. Algo le decía a la chiquilla que su repentino terror hacia su hermano estaba claramente justificado. De pronto, Hakudôshi agarró con sus ardientes manos los delicados tobillos de la niña y la arrastró con gran facilidad hacia sí, dejándola con las piernas abiertas frente a él. Kanna hizo, como acto reflejo, un amago por incorporarse y salir corriendo, pero en seguida recordó que todo intento por escapar era inútil, y mucho más si su hermano la tenía cogida por los pies. Tenía la horrible sensación de que la situación, si nadie lo impedía, iba a llegar demasiado lejos. El chaval bajó la mirada y se centró en la entrepierna de la pequeña, cubierta por unas blancas braguitas. Soltó uno de sus tobillos y alargó la mano hacia la prenda, dispuesto a despojársela sin piedad. Pero en el momento de rozarla, Kanna se agitó inesperadamente. _ ¡No, no!_ imploró sintiéndose extremadamente incómoda_ ¡¿Qué vas a hacer?! _ Calladita ¿eh?_ exigió el chaval sonriente y visiblemente regodeado. Volvió a asir el tobillo de la indefensa Kanna, ya que ésta, de repente, empezó a forcejear. La sola idea de mostrar su zona sexual a alguien le llenaba de una inmensa vergüenza, y mucho más si era al altanero Hakudôshi. _ ¡Por favor, suéltame!_ volvió a suplicar la pequeña. _ Estate quieta_ dijo él_ Si no te dejas por las buenas, te obligaré por las malas. Y dicho esto, le soltó los dos tobillos, y antes de que a ella le diera tiempo para pensar, le arrebató las braguitas con la rapidez de un rayo, dejando al descubierto su intimidad, suave, infantil, y por lo tanto, totalmente libre de vello púbico. Kanna, cargando con un descomunal bochorno, se echó a un lado para huir hacia donde estaba la puerta, pero su impertinente hermano volvió a agarrarle los pies, imposibilitándole toda oportunidad. El chaval estalló en carcajadas, unas carcajadas interminables, mientras observaba con gran deleite la angustia de Kanna y sus desesperados intentos por soltarse agitando las piernas, y más aún cuando se dio cuenta de que por sus ojos comenzaron a gotear unas abundantes lágrimas. _ ¡No! ¡Suéltame!_ gritaba la niña a la vez que forcejeaba. Hakudôshi, muy lejos de escuchar sus plegarias, continuó riendo en voz muy alta, que resonaba por todo el espacio de la amplia sala, de una forma cruel, pero atractiva a la vez. Era una seductora risa de chico malo y prepotente, que se sentía muy seguro de que todo le iba a salir según sus malévolos planes. Kanna notó crecer su apuro al ver el comportamiento del muchacho. Se sentía completamente impotente ante tan embarazosa situación. _ ¡Por favor!_ chilló desesperada_ ¡Devuélveme mi ropa! ¡Devuélveme mi ropa! El muchacho, aún con sus risas y muy lejos de hacerle el más mínimo caso, la miró de la misma forma que un dios mira gozoso a un pobre mortal implorándole clemencia. _ ¿Que te devuelva la ropa?_ preguntó inclinándose ligeramente hacia delante_ ¿Se puede saber qué te has creído? _ ¡Por favor!_ insistió la niña mientras las lágrimas humedecían su cara_ ¡No me hagas nada más! ¡Quiero irme! _ Eso no te lo crees ni tú_ dijo él_ ¿Pensabas que esto se acababa aquí? ¿En unos simples toqueteos de nada? Creo que te han contado muchos cuentos antes de irte a dormir. Dejó por concluida la conversación. Abrió más las piernas de su hermana, la cual sintió una mezcla extraña de frío y calor en su no desarrollado sexo, y después se fue agachando, para posteriormente introducir la cabeza por dentro de la inmaculada túnica. Ella ahogó un grito mientras sentía un abundante sudor manar por su piel. El chaval ejecutó una enérgica arremetida hacia delante y su boca acabó conquistando el húmedo y caliente orificio íntimo de la pequeña. _ ¡Ah!_ chilló Kanna convulsionándose bruscamente_ Ay... Hakudôshi, con la cabeza metida entre los muslos de su hermana, fue invadiendo con asombrosa maestría su blanco, usando su lengua como arma. El pequeño cuerpo de Kanna enseguida supo recibir con éxtasis el delicioso masaje oral y comenzó a sufrir violentas sacudidas. Curvó su espina dorsal con ímpetu sacando vientre hacia el techo, emitiendo repetidos grititos de júbilo. Él se dedicaba en principio a lamer con melosidad los abiertos labios del recóndito órgano, pliegue por pliegue, sin dejarse el lado exterior ni el interior, mientras que con un brazo mantenía una pierna sujeta y con una mano sobaba la otra, para después desviarla hacia las zonas más elevadas, como caderas y abdomen, zonas que, al ser una niña, carecían de esas sensuales curvas de las que gozaban las mujeres adultas. Después, prosiguió intensificando su fricción oral, acelerando el ritmo de su abrasante lengua y aferrando con elevada pujanza mediante labios y dientes cada pedazo de carne que formaba parte de ese suculento órgano sexual. A cada lengüetazo, fue notando cómo brotaban los tibios derrames, cada vez mayores, que él saboreaba sin detenerse. Kanna sentía la húmeda lengua de su hermano entrar y salir de su orificio de forma gradual, lo que le producía agudos estremecimientos por todo su ser, tal sensación la hacía ser incapaz de pensar en nada más que no fuera su deseo de que Hakudôshi no suspendiera su faena, que continuara así hasta que llegara algo que aún no sabía qué iba a ser, pero estaba segura de que llegaría. Se quedó esperando un rato mientras lanzaba gritos, desahogando sus ansias, al mismo tiempo que notaba la mano del chaval recorriéndole toda la piel de su zona frontal, provocándole unas suaves cosquillas, a la vez que intensificaba su apetito venéreo. No sabía por qué pero sentía una gran impaciencia por notar esa sensación que desconocía, mas tenía la certeza de que tenía que existir, que debía tratarse, sin duda, de la culminación de tan delirante entrega pasional. Y justo cuando más excitada se estaba sintiendo, comenzó a notarlo llegar. Era como una fuerza que nacía de dentro y aumentaba a cada roce que recibía su cada vez más lubricado orificio. Se le hacía tan deseable que ya no podía aguantar más, y a medida que se acercaba más y más, ese anhelo iba cobrando potencia hasta el punto de convertirse en una necesidad. Ya era cuestión de segundos, quedaba muy poco, la llegada de esa ansiada fuerza era inminente y Kanna no podía soportarlo más. Comenzó a chillar y a agitar su cuerpo, de manera que sus cabellos, ya despojados de las flores que siempre llevaba a cada costado de su cabeza, se alborotaban en una confusión de hebras lisas que se movían de un lado a otro. Apretó los sudados puños, preparándose para recibir tan codiciada sensación, al mismo tiempo que profundizaba su respiración, la cual era propia de un bañista que acaba de salir a la superficie después de haber estado apunto de ahogarse bajo el agua. No se hizo esperar más y por fin llegó. Kanna lanzó un grito seguido de un suspiro. Todo su cuerpo fue presa de un placentero y soberbio calambrazo dejándola más a gusto de lo que se había esperado, la realidad superó con mucho a la expectativa. No se explicaba cómo esa explosión de extraña energía interior que Hakudôshi supo provocar con gran dominio, pudo proporcionarle tal satisfacción que le pareció insuperable. Se tendió por entero en el suelo dejando la cabeza a un lado, respirando rápida y hondamente, por lo demás, no quiso mover ni un solo músculo. Tras la tormenta llegó una calma que también fue de agradecer, nunca nada en toda su existencia pudo transmitirle tan increíble sensación de relax. Hakudôshi, ya apartado del satisfecho órgano de su hermana, se relamió con agrado los labios, repasándolos con una melosa lengua, como si hubiera terminado de degustar un exquisito manjar. _ Y te lo querías perder_ le dijo a la pequeña con gesto de zorro astuto. Ella no hizo caso al comentario, sentía que hasta el hecho de escuchar hacía que perdiera más energía de la que ya había perdido. Comenzó a notar cómo el frescor del extenso espacio envolvía su humedecida piel. Hasta ahora no se había percatado de cuanto había sudado, y le parecía agradable el contraste de temperatura. Tenía unos cuantos mechones de su flequillo pegados a la frente, y otros tantos del resto de su cabello en el afectado cuello. El muchacho, que la observaba, dedujo que la había dejado trastornada y fuera de combate. Se tomó un buen tiempo para enorgullecerse del trabajo bien hecho, pero no terminado. Después de que pasaran unos minutos, echó un vistazo a una de las piernas de la chiquilla, que se mostraba extendida y con una ternura infantil irresistible. La levantó por la corva y procedió a rozársela con las yemas de sus dedos con la suavidad de una pluma. Kanna abrió los ojos. El chaval recorría la zona que había entre la rodilla y el tobillo, de abajo arriba y de arriba abajo, muy lenta y sugerentemente, serpeando a veces de forma voluptuosa. Después de un buen rato en el que estuvo cómodamente ocupado en la tarea, se dispuso a manosear la piel de su hermana, con insistencia y pasión. Ella, sin mirarle, notó cómo su corazón, que había estado latiendo cada vez más apaciguadamente después de la consumación, volvía a retomar el ritmo acelerado poco a poco, y los escalofríos de los que su cuerpo había sido libre durante el tiempo que había permanecido en descanso, reaparecían con una fuerza cada vez mayor. Hakudôshi metía mano por el interior de los muslos de la niña, frotándoselos mansamente y con una habilidad suprema, percatándose a la vez, de que Kanna volvía a ser víctima de una grata inquietud. Manoseaba, tentaba y estimulaba, hurgando continuamente por la misma zona. _ ¡Ah!_ exclamó la niña con voz débil, notando crecer más su excitación a cada toque y provocación. Hakudôshi se agachó y cambió la mano por la lengua, haciéndola resbalar por todo lo largo del suave muslo, dejando atrás un ardiente y empalagoso rastro de saliva. La niña no pudo resistirse a eso, su cuerpo se estremeció violentamente a la vez que un enardecimiento atroz terminó por poseerla rematadamente. El muchacho, muy consciente de ello, levantó el pequeño pie de Kanna al nivel de su boca y lo atrajo hacia sus labios. Una vez ahí, se puso a impregnar con la lengua esos menudos y redondeados dedos que se movían nerviosamente a causa de las cosquillas que le producía. La niña lanzó una tímida risilla, muy probablemente, la primera de su vida. Hakudôshi prosiguió su repaso oral recorriendo con sensual sosiego el pie, después la pierna, luego la rodilla, y finalmente el muslo hasta la ingle. Kanna vibró de éxtasis. Encogió las piernas y se incorporó, quedándose a gatas sobre el suelo, y así se quedó unos segundos admirando a su hermano. Le miraba atentamente, al mismo tiempo que sentía crecer esa atracción morbosa que le había llevado a responder de tan buen grado a las férvidas atenciones que él le había estado brindando. El insolente chaval que se encontraba en frente de ella se le hacía cada vez más irresistible, ni siquiera se molestó en pensar cómo alguien tan arrogante, déspota y abusivo le pudiera causar tanta fascinación, cuando debería ser al revés, y no sólo eso, la idea de convertirse en su pertenencia le llenaba de una inmensa gloria, algo lamentable, pero tan cierto como que ambos provenían de Naraku. Sin pensárselo más, decidió obedecer al impulso que su mente había estado suscitando desde hacía un rato. Se acercó gateando pausadamente hacia su compañero, se incorporó de manera que sólo se apoyaba con las rodillas. Luego, cuando ya estaba lo suficientemente aproximada, se detuvo y con las dos manos le golpeó en los hombros hacia atrás, dejándole tumbado boca arriba. Acto seguido, se lanzó sobre él tras haber ejecutado un magnífico salto. Hakudôshi, después de haber recibido tan brusco peso, dejó escapar el aire que tenía contenido en los pulmones, y por un momento le pareció que se le había cortado la respiración. A punto estuvo de decir algo que no estaba de más, pero decidió callarse. Kanna, antes de hacer nada, se le quedó mirando de la forma que siempre miraba, con rostro inexpresivo, cansado y mirada fría. Su hermano también mantenía el semblante que tanto le caracterizaba, y ahora que tenía su rostro tan cerca, notó crecer la urgencia de saciar sus ansias, descargar en él toda la pasión que saturaba con premura todo su cuerpo, y sobretodo, de complacerle como era debido y demostrarle que era digna del Niño Blanco. Empezó con unir sus trémulos labios con los de él, de manera algo tímida e insegura aún, no sabía si se le estaba dando bien, pero rezó para que así fuera. Mantenía la boca entreabierta y notaba el cálido roce de la del muchacho que tenía debajo. Un momento más tarde se decidió y se fue atreviendo a entrar en la oscura y candente abertura, sintiendo con fascinación el contacto de su boca con aquella superficie carnal y húmeda, que la acogía con agrado. Eso le hizo coger confianza en si misma y se sumergió profundamente en aquella ambicionada cavidad que poco tardó en unirse a la suya para moverse, lamerse y repasarse armonizadamente. Ninguno de los dos tenía intención de detener esa larga unión, sus bocas no querían separarse, ni sus lenguas dejar de rozarse. Hakudôshi posó sus manos a cada costado de Kanna y terminó estrechándola fuertemente por la espalda. La niña se entusiasmó por dentro, pero siguió enfrascada besándose con su hermano. Por unos momentos no pensó en nada, sólo en lo agradable que le era percatarse verdaderamente de su situación. Sentirse tan privilegiada le producía una intensa emoción, algo demasiado grande que no le cabía en el cuerpo ni en el alma, algo que le provocaba un enardecimiento incontenible. Se aferró al chaval con más nervio, deseando fervientemente acapararle para ella sola. A continuación, prosiguió con un intento de acelerar el ritmo apasionado que mantenía su boca unida a la de él, pero mucho se temía que su habilidad para esas cosas no era la adecuada para transmitir como era debido toda la efervescencia que llevaba encerrada en su cuerpo y que tenía, como la pequeña bien podía saber, una enloquecedora urgencia por liberarse. Entonces, Hakudôshi volvió a tomar las riendas del asunto, siendo consciente de la escasa destreza de su hermana, la cual notó el cambio enseguida sin dejar de asombrarse del dominio que el muchacho demostraba. Ella era demasiado delicada y retardada en la materia como para compatibilizar con él, que iba a un ritmo difícil de seguir. La pobre se veía cada vez más rezagada, cosa de la que Hakudôshi tenía que darse cuenta, pero parecía no importarle. Ambos fueron cobrando más y más brío, lo que hacía que un calor bochornoso volviera a penetrar en sus cuerpos. Seguían besándose desfogadamente mientras se manoseaban y se apretaban de forma desatada. Kanna y Hakudôshi sentían desfallecer de arrobamiento. Mezclaban sus enardecidos cuerpos con insistencia, como si les atormentara la necesidad de convertirlo en uno solo. Al final, ella tuvo que despegar su enrojecida boca de la de él, pues sentía que debía coger aire urgentemente. Respiró con la máxima profundidad que le permitían los pulmones emitiendo ruidosas bocanadas. Cuando su cuerpo volvió a verse libre de sofocos, hundió la cabeza en el cuello de su hermano, posando sus labios sobre la piel. Colmada de un inmenso deseo, procedió a besarle y a chuparle con la fogosidad que momentos antes no supo desplegar, aunque ni de ese modo, no pudo competir con la maestría de su compañero. El muchacho rodeó el cuello de la niña con un brazo, atrayéndola para sentirla más dentro. _ Tienes mucho que aprender_ le dijo, aunque tenía serias dudas de que resultara escuchado_ pero con el tiempo todo llegará. Efectivamente, la pequeña, o no le oyó o simplemente no le hizo caso, de todas formas, aquel fue un comentario al que nadie se atrevería a replicar, pues estaba lleno de razón. Continuaba totalmente enfrascada y atenta al sabroso pedazo de carne al que estaba besando y lamiendo, también absorbía de tal manera que cualquiera habría dicho que iba con la intención de extraerle la sangre. La boca de la niña parecía hambrienta e insaciable y cubría la piel de su compañero de unos chupetones que a la débil luz que ofrecía el Todai- Ji no iban a ser visibles, al contrario que los de ella. Hakudôshi se fue incorporando despacio para quedarse sentado de rodillas en el suelo, cargando con su hermana, a la que cogió de las piernas y situó una a cada lado de sus caderas. Ella continuaba desatando su fervor, besándole en el cuello y en la boca, introduciendo de vez en cuando sus temblorosas manos en el pelo del muchacho, alborotándoselo más de lo que ya lo tenía. Se eternizaron un buen rato así, abrazándose, manoseándose y chupeteándose, cuando de pronto, apareció un brillo malévolo en los astutos ojos del chaval y una sonrisa de lo más perversa. Kanna no lo pudo percibir, pues tenía los ojos cerrados y de cara al lado opuesto a la de su hermano, el cual desvió su mirada hacia donde la tenía a ella muy arrimada y abrió más su sonrisa, extendió dos dedos de su mano, los introdujo por debajo de la túnica de la pequeña y arremetió a traición contra su intimidad hincándoselos todo lo largos que eran. _ ¡Ah!_ vociferó Kanna presa de un dolor agudo y punzante. Hakudôshi estalló en unas cruentas carcajadas, debidas a la esperada reacción de la niña, a la que tuvo que agarrar fuertemente de la cintura, ya que ésta hizo un amago por escapar. La chiquilla notó horrorizada el dolor que le produjo su himen al desgarrarse y la incómoda sensación de tener en su orificio íntimo los dedos de su compañero metidos muy profundamente. _ ¡Toma! ¡Toma! ¡Y toma!_ dijo el muchacho en voz muy alta y visiblemente recreado, tras las tres siguientes punzadas. _ ¡Ay, no!_ gritó ella en tono suplicante_ ¡Déjame! ¡Me haces daño! _ Veremos a ver qué dices después. El condenado Hakudôshi aceleró el repetido movimiento de su mano, a la vez que sacaba y metía los dedos. Kanna no se molestó en luchar para huir, decidió resignarse y aguantar el martirio, desahogándose en gemidos y apretando los puños que aferraban con fuerza la ropa de su hermano. El chaval intensificaba la faena a base de clavar y agitar los dedos una vez dentro, recorriendo con admirable pericia cada rincón de la tórrida y resbaladiza cavidad, sabiendo a la perfección cómo satisfacer las necesidades de su hermana de la forma más sublime. La niña, una vez que ya empezaba a acostumbrarse al dolor, se fue relajando, dejando las manos inertes y volviendo a su típica expresión, pero aquello duró muy poco. Comenzó a apreciar con cierto agrado la impresión que le proporcionaba el hecho de sentir las violentas sacudidas de aquellos dedos aviesos ahí tan dentro, y poco a poco fue cobrando el deseo de que siguieran agitando su sexo de ese modo tan fogoso y desenfrenado. Su excitación iba en un vertiginoso aumento hasta el punto de esperar con impaciencia aquella extraña y embriagadora explosión interior que momentos antes la había hecho vibrar de tremendo placer. Volvió a agarrar la ropa de su hermano con unos puños sudorosos y trémulos, a la vez que cambiaba el sufrido tono de sus gritos por el de otro muy distinto que indicaba que se moría de deseo. Hakudôshi notó a su hermana levantarse de sus piernas y quedarse apoyada en el suelo únicamente por las rodillas. Esto le puso el trabajo más fácil, y por lo tanto, aún más virtuoso. Notaba también los primeros indicios físicos de la excitación de la niña, cuyo manipulado orificio comenzaba a humedecerse más, impregnándole los dedos. Kanna soltó la tela y atrapó los mechones de pelo de Hakudôshi desde la raíz, tirándoselos con insistencia, mientras lanzaba prolongados alaridos y suspiros, se estaba viendo otra vez a la espera del inminente calambrazo, el cual lo deseaba con gran impaciencia. El chaval se dedicaba también a sonreír y a soltar unas descaradas risas de vez en cuando. Agitó aún más los dedos en el interior de su hermana, manteniendo la mano quieta ahí debajo, la cual empezó a empaparse de los copiosos derrames viscosos que brotaban desde la zona manipulada e iban deslizándose hacia la muñeca formando auténticos regueros. Kanna se irguió mediante un espasmo brusco, pues notaba la llegada de lo que tanto esperaba, no quedaba casi nada, ya se acercaba imparable, estaba cerca, muy muy cerca... _ ¡Uaaaah!_ gritó la niña durante el segundo orgasmo. Se dejó caer lánguidamente sobre el regazo de su compañero otra vez, como si hubiera muerto de forma súbita. Dejó la cabeza apoyada en el hombro de él y ahí se puso a respirar con profundidad y mucha dificultad. El aire que recogía entraba con pesadez y el que expulsaba salía entrecortado. Su corazón le estaba golpeando el pecho con tal rudeza que le dolía y sentía la necesidad de que volviera a su ritmo normal. Mientras esperaba, permanecía inerte sobre el muchacho, con semblante cansado y ojos soñolientos. Hakudôshi, mientras tanto, también permanecía quieto a la espera de que Kanna se recuperara para iniciar el siguiente ataque. Se miró la mano y vio lo empapada que había quedado, de sangre y secreción femenina. Se la limpió con la lengua. Los minutos transcurrieron despacio, y Hakudôshi pudo advertir que la chiquilla respiraba ya con normalidad. Entonces no se lo pensó dos veces. Procedió a cosquillearle con suavidad las rodillas, ejecutando movimientos tentadores y roces suntuosos, notando que la piel que acariciaba se erizaba, respondiendo gustosamente a las atenciones que le brindaba. Cuando esas torneadas rodillas quedaron bien sobadas, continuó por la zona superior, hasta llegar a las caderas, a las que atrajo más hacia sí, quedando más arrimadas a él de lo que ya estaban. Introdujo sus ardientes manos por debajo de la túnica de su hermana, cuya piel se mostraba ligeramente resbaladiza a causa del sudor, y las posó en sus costados. Al principio le dedicó roces dúctiles, que iban desde las caderas hasta la parte superior de la espalda, lo que le provocó a la pequeña unos incesantes y nerviosos escalofríos. Luego continuó friccionándole cada zona con la que sus manos se encontraban. A Kanna se le fue quedando la piel de gallina a cada toque y restriego que las manos del chaval le brindaban por debajo de su ropa y volvió a sentir en el cuello sus labios, sus dientes y su tórrida lengua. Lanzó un sonoro suspiro, sintiendo regresar a ella el vértigo de la pasión. Sus brazos, que hasta ahora habían permanecido inactivos, los alzó y rodearon lentamente, pero con fuerza e insistencia, el cuello de su hermano. Tras quedarse un largo rato así, ambos jovencitos se miraron con atención, sintiendo incendiar todo su interior el fuego de un fervor irreprimible, y acto seguido sus bocas impactaron, muy necesitadas de saciar el apetito que se causaban la una a la otra, moviéndolas con frenesí. Hakudôshi introdujo su lengua en la boca de Kanna y con ella se eternizó dando un repaso a cada rincón de su interior. Ella no pudo hacer otra cosa que mantener su boca abierta y dejar que esa candente lengua le invadiera sin detenimiento, pues volvió a quedarse extraviada ante la destreza de su compañero. Hakudôshi cogió a Kanna de la cintura con la totalidad de sus brazos y se puso de pie con gran desenvoltura cargando con ella. La soltó dejándola de pie también en el suelo. Ahí volvieron a fusionarse arrebatadamente, a base de atenazar sus cuerpos con unos brazos que no paraban de restregarlos mutuamente. Pero Kanna, como siempre, no sabía compatibilizar su ritmo con el del Niño Blanco, que se adelantaba en su proceder con su estilo desenfrenado, dejándola a ella a medio camino y perdida. Sus bocas volvieron a encontrarse con fanatismo y muertas de sed. El muchacho, debido a su acelerado ritmo y a su ímpetu, mordía de vez en cuando los labios de la chiquilla, que prefería quedarse muda y no rechistar, aguantando el dolor con los ojos muy abiertos. Cuando la niña empezó a sentir la necesidad de coger aire se vio en un aprieto, ya que el brazo de su hermano la apretaba fuertemente contra su boca, y respirar solamente por la nariz no le era suficiente. A punto estuvo de quejarse, menos mal que no fue necesario, pues Hakudôshi separó al fin los labios de los de la pequeña y arremetió otra vez contra su ya muy dañado y enrojecido cuello. El chaval se mantuvo un buen rato distraído en esa tierna piel, que no hacía más que cubrirla con impúdicos besos, chupetones y dañinas dentelladas. La niña cerró los ojos fuertemente, a pesar del dolor que le producía el salvaje comportamiento de su hermano, ésta notaba crecer su éxtasis por momentos. Se arrimó a él todo lo que pudo, no obstante, ya antes no podía estar más unida, pero era algo que necesitaba y no se conformaba con sólo mezclar su cuerpo con el del hechicero Niño Blanco. Tras haber estado entretenidos desencadenando sus alocadas pasiones, Hakudôshi soltó a Kanna y le hizo dar media vuelta, quedándose ambos mirando a la misma dirección. De ese modo la fue arrastrando, llevándosela consigo hacia donde él quisiera guiarla. La niña se dejó llevar de buen grado, aunque no sabía qué pretendía hacer el otro, sólo sabía que la estaba aproximando hacia una pared. El chaval la impactó de cara contra dicha pared y ahí arrimó su tórrido cuerpo junto al de ella, abrazándola por detrás. La niña, con las manos abiertas sobre el muro, sintió todo su ser comprimirse entre la pared y su acompañante, y apreció un agradable vértigo, a la vez que el sofocante calor corporal de quien tenía a sus espaldas, el cual no tardó en meterle mano por debajo de la túnica, introduciendo una por la abertura del pecho y la otra por la zona de las caderas, friccionando con ímpetu todos los recónditos rincones de ese cuerpo al que estaba transgrediendo, al igual que toda la superficie de su piel. Mientras que por ese lado se entretenía a base de hurgar y manosear, por otro también se dedicó a mordisquear mejilla y cuello. Kanna, tal y como se encontraba no podía hacer gran cosa, sólo dejarse hacer, entregar con enorme honra todo su ser a su poseedor y expresar su formidable gozo con fuertes exclamaciones. Sentía las manos de Hakudôshi recorrer con acierto cada zona de su piel, rozándola, friccionándola y apretándola. La sensación que le otorgaba el indiscutible arte de su hermano la embriagaba, hasta tal punto que podía ser capaz de hacer que se olvidara del resto del mundo. Ya hacía tiempo que se olvidó, o más bien, que dejó de importarle que fueran unos niños, que en sus venas corría la misma sangre o que el sitio donde estaban cometiendo semejante acto perverso fuera territorio sagrado. Hakudôshi giró rudamente a su hermana para dejarla frente a frente con él, y todo le que le había estado haciendo por detrás, comenzó a hacérselo también por delante, teniendo además la ventaja de fusionar su boca con la de ella. Cuando ya la niña estaba lo bastante husmeada y consumida, él se detuvo paulatinamente, y muy despacio se separó de ella. Se la quedó mirando con un creciente vicio que se le reflejaba en los ojos, mientras abría una sonrisa repleta de alevosía. Después dirigió su mirada hacia donde Kanna tenía oculta su intimidad por la túnica. _ Voy a presentarte a alguien que arde en deseos de conocerte_ dijo echándose mano a la bragueta con sensualidad. La niña sintió derretirse por dentro. Un fuego abrasivo fue incendiando sus entrañas, provocándole una avidez atroz. Notó explotar desde su interior una potente energía que acabó por atravesarle la piel. Toda ella se vio envuelta por una aureola de color azul claro que resplandecía con un fulgor intenso. Eso era algo que le solía suceder cuando estaba repleta de poder demoníaco, pero nunca se había esperado que también le pudiera pasar ahora, cuando de lo que estaba llena era de un enardecimiento salvaje. Sin embargo, Hakudôshi ya lo veía venir. Kanna, fuera de sí, se abalanzó contra su hermano, empujándole con violencia y aferrándose codiciosamente a él. El muchacho respondió enseguida con las mismas ansias y ambos se eternizaron un buen rato desatándose en candentes opresiones, besos desfogados en boca y cuello, y manoseos por doquier. Con un portentoso brío, Hakudoshi alzó a su hermana por los muslos, dejándolos abiertos para situarse él entre ellos, y volvió a estamparla contra la pared. Kanna expulsó el aire de sus pulmones a la vez que aprisionaba a su hermano con los brazos. El chaval, sin dejar de babosear cuello, mejilla y boca, descendió una mano hacia su bragueta, apañándoselas como buenamente pudo, para abrírsela y sacar por fin su arma definitiva. Cuando ya la tenía al descubierto y, hacía un buen rato ya, preparada para el ataque, acertó repentinamente y con buen tino en el blanco. _ ¡Aaaaaah!_ vociferó la pequeña en el momento de la inserción. Hakudôshi volvió a sujetarla otra vez por los dos muslos y prosiguió con unas violentas embestidas, tras las cuales, Kanna se dejaba la garganta. Otra de las cosas de las que el muchacho podía presumir perfectamente era de saber ejecutar un coito tan soberbio e insuperable, que hacía enloquecer de éxtasis a la privilegiada niña que se encontraba recibiéndolo. Kanna era presa de un gozo sobrehumano, debido al cual, se deshizo en agresiones físicas hacia su compañero. Introdujo sus inquietas manos en la frondosidad de los cabellos de él y las cerró en puños, atrapando y tirando dañinamente de los mechones malvas, y no contenta con eso, también le dio por asestarle de vez en cuando unos fuertes mordiscos en el hombro. El muchacho aguantó tales acometidas como pudo, por lo demás, todo iba viento en popa, continuaba siendo tan competente en la materia como antes o mejor aún. Manejaba su arma, algo grande para ser un niño, con total aptitud, haciéndola entrar y salir continuamente, con la suficiente brusquedad como para golpear con potencia la entrepierna de Kanna y presionársela contra el muro a cada empujón. Ella notaba el ardiente miembro de su hermano resbalar por su orificio intimo, el cual empezaba a escocerle debido a los incesantes restregones, pero era un dolor que se podía aguantar perfectamente si a cambio recibía esa exaltación arrolladora que le proporcionaba con mucha más intensidad y que henchía su cuerpo por entero. A parte de dar y recibir por sus órganos sexuales, Kanna y Hakudôshi también estaban en otros menesteres, que no habían dejado hasta ahora. La pequeña seguía gritando a cada inserción, a la vez que se desataba en tremendas agresiones, cuya intensidad iba en aumento a medida que se iba acercando el tercer y último orgasmo. El chaval, mientras tanto, se deshacía en estrujones, mordiscos, lametones y una larga lista de atrocidades que bien raras eran en un niño, pero desde luego, no en ese niño. El calor que hasta ahora había estado invadiendo sus cuerpos, se intensificaba cada vez más a medida que pasaba el tiempo, convirtiéndose en un ardor sofocante. No sólo notaban tal incendio en su interior, sino que también lo despedían vivamente por fuera, haciendo que ambos irradiaran un bochorno húmedo. Ambos continuaban enfrascados por la pasión, sus cuerpos estaban fusionados, con la sensación de estar a punto de fundirse al rojo vivo, y se movían totalmente comprimidos el uno con el otro. El tiempo pasaba y con él empezó a sentirse llegar aquella fuerza irresistible que era el objetivo de todo acto venéreo, y por lo tanto, siempre era bienvenida. Pero por lo que Kanna pudo sospechar, ésta iba a ser aún más intensa que las otras dos que ya había experimentado. Sí, no era una sospecha, pues lo veía venir de una forma más arrolladora e indomable, parecía que, al ser el último, iba a lucirse de forma especial. Era tal la intensidad con la que se estaba acercando, que la pequeña notó de pronto una mezcla de entusiasmo y miedo morboso hacia lo que se la venía encima, pero en ningún momento pensó que sería mejor que no llegara, todo lo contrario, estaba totalmente dispuesta e impaciente por enfrentarse a aquella explosión interna que se le hacía irresistible. Mantenía los ojos cerrados, presionándolos insistentemente debido a la impresión que estaba por recibir, mientras lanzaba continuos alaridos de placer. Hakudôshi, por el contrario, se mantenía en silencio. Y por fin llegó. Tal y como Kanna se había esperado, este orgasmo, además de haber sido compartido, se manifestó de forma soberbia e incluso dolorosa, su cuerpo no había estado preparado para algo así. Fue un calambrazo ácido y potente que surgió de su intimidad y se extendió por todo el resto del cuerpo. Emitió un último grito seguido de un fuerte suspiro, y dejó su cuerpo inerte apoyado en el de Hakudôshi. Él la soltó, dejándola de pie en el suelo. Al principio, Kanna se mantuvo firme, pero con una cara de cansancio que no era propia ni de ella, sin embargo, había otra forma de interpretar ese gesto, ya que en él se reflejaba su estado después de haber gozado de toda una noche de pasión arrolladora. El chaval, ya adecentado, salvo por el alboroto de sus cabellos y el sudor, permanecía igual que siempre, sonriendo socarronamente ante el espectáculo que mostraba su hermana. La pobre, además de despeinada y sudada, acabó llena de saliva, de numerosas dentelladas y rojeces por boca, rostro, cuello y pecho, también tenía pequeñas heridas en el interior de los labios, por no hablar de la túnica, que al más mínimo soplido se podría caer. Dio unos torpes pasos sin dirección fija, tambaleándose ligeramente, cuando de repente se dejó caer al suelo como una insignificante pluma en el peor de los estados. Ahora más que nunca, Kanna presentaba un claro aspecto de niña desvalida y agotada, y más estando ahí, tendida en el suelo recogiendo silenciosamente el aire que le había faltado. Sus ojos no apuntaban hacia nada en especial, los tenía entrecerrados y sin parpadear. Si no fuera porque se la veía respirar, podría pasar perfectamente por una niña muerta en circunstancias trágicas. Hakudôshi, después de haber estado contemplando con regocijo el panorama, se agachó y se sentó de rodillas junto a ella. Desde ahí la siguió observando, como se observa el resultado de un trabajo hecho en condiciones. Extasiado por semejante imagen, comenzó a reír cruelmente, llenando la sala de resonantes y duraderas carcajadas. Y frente a ellos, la gran estatua de Buda se presentaba voluminosa y centelleante, con el fuego de las antorchas titilantes reflejándose en su enorme cuerpo de bronce. Su ensombrecido rostro se hallaba en las alturas, era un rostro plano y enigmático, lleno de paz, armonía y sabiduría, un rostro cuyos labios, tal vez por un efecto de las tenues luces del fuego, parecían sonreír. _ Mira, Kanna_ dijo Hakudôshi mirando a la estatua_ Si pudiera moverse, nos haría una reverencia. El Todai- Ji amaneció triste y desamparado, plenamente infectado de una tragedia que se respiraba en el aire. Las malas vibraciones que lo contaminaban podían penetrar en la piel, enfriando los tejidos y congelando el corazón. Por encima de él se hallaba una espesa y negra capa de nubes que se condensaban en abundantes gotas de lluvia, que caían por los alrededores emitiendo una melodía melancólica. No había siquiera signos de tormenta. Era un día gris. Naraku se encontraba en la sala de la doble cúpula, inmóvil y sosegado, esperando tener una reunión con sus vástagos. Para ello, envió a los Saimyôshô a buscar a cada uno y hacerles saber que quería verlos a todos allí. Hakudôshi y Kagura se encontraban juntos en el jardín, bajo una buena maraña de ramas. Tomar el fresco sin el temor de resfriarse como los humanos era algo de agradecer. La joven, que descansaba su espalda sobre la corteza del árbol, se incorporó al ver a los recién llegados aproximarse. _ ¿Saimyôshô?_ preguntó aguzando la vista_ ¿Habrán llegado enemigos? _ No parece que vengan con mucha prisa_ comentó el chaval. Los insectos llegaron volando y se situaron flotando en el aire frente a los dos hermanos. Uno de ellos se acercó al oído de Kagura. _ ¿Sí? ¿Qué queréis?_ dijo y prestó atención al zumbido que emitía el enorme bicho_ ¿Que Naraku quiere reunirnos a todos en la sala principal? Está bien, en seguida iremos. La joven montó en su gran pluma blanca e hizo un amago por dirigirse hacia el templo, pero percibió por el rabillo del ojo que Hakudôshi permanecía quieto. _ ¿Qué te pasa, mocoso?_ preguntó extrañada_ ¿Es que no piensas ir? _ ¿Ha dicho que sea algo importante? _ No. _ Pues entonces no pienso ir_ respondió mirando a su hermana con una sonrisa desvergonzada. Kagura torció el gesto, contrariada. _ Debí imaginármelo_ dijo pacientemente_ Tú siempre poniendo las cosas más difíciles ¿Se puede saber qué te cuesta ir? Hakudôshi se aproximó más a ella. _ En realidad, nada_ contestó firmemente_ Ve tú sola, Kagura. Cuando Naraku haya terminado de aburriros con su sermón, quiero que vengas a contarme tú misma lo que haya tenido que deciros. _ ¡Tsk!_ exclamó la joven disgustada emprendiendo el vuelo hacia el templo_ Este niño no se cansa de mandar, ya estoy harta. El muchacho pudo oír el comentario de su hermana, pero no se molestó. Al revés, sonrió pensando en el campechano mal genio de ella. Luego se recostó sobre el empinado tronco del árbol y decidió no hacer nada hasta que la chica llegara. Pasaron unos escasos minutos cuando divisó a lo lejos a Kagura subida en su medio de transporte aproximándose hacia él. _ Pues sí que ha sido breve Naraku_ se dijo en voz baja. La joven llegó pronto y se situó junto al muchacho. Traía una cara seria y con leves signos de preocupación. _ Naraku dice que tú también debes acudir sin falta. _ ¿Te has enterado de lo que quiere? _ Sí, claro. _ Pues dime. Kagura negó con la cabeza. _ Es algo que debes ver tú, créeme. Los dos se presentaron al fin en la sala de la doble cúpula, donde Naraku, Kanna y Môryômaru los recibieron. Hakudôshi se situó frente a ellos. _ ¿Me llamabas, Naraku?_ preguntó con aires de superioridad. _ Sí_ contestó éste con su voz calmada_ Me preguntaba si tenías idea de a qué se debe esto. Y dicho eso, acto seguido arrimó a Kanna a sí mismo y le apartó los níveos cabellos para mostrar al muchacho esas horribles dentelladas que la niña tenía en el cuello. Hakudôshi alzó las cejas y abrió la boca, como si acabara de acordarse de algo importante. La pequeña, a su vez, se mostraba casi como siempre, de no ser por la sombra de un visible temor que se reflejaba en su cara, además de un ligero encorvamiento en la espalda y un leve temblor que sacudía su cuerpo de forma intrascendente, como si tuviera frío. Al ver que Hakudôshi permanecía en silencio, Naraku insistió. _ Te he preguntado si sabes por qué Kanna tiene estas marcas. El muchacho dirigió su mirada hacia la atemorizada niña. _ Kanna..._ empezó a decir_ ¿Es que no se lo has dicho? Al decir eso, Kagura y Môryômaru dieron un paso adelante hacia el chaval, sintiéndose intrigados. Naraku, sin embargo no se movió. Kanna sintió su respiración detenerse y su corazón desenfrenarse ante la perspectiva de lo que Hakudôshi pudiera revelar. Miró a su hermano con ojos suplicantes, deseando fervientemente que se la tragase la tierra. _ ¿Decirnos el qué?_ preguntó Môryômaru. El muchacho pareció muy tranquilo, y en lugar de dirigirse hacia Môryômaru, prefirió poner los ojos en Naraku y contestarle a él como si hubiera sido quien hubiera formulado la pregunta. _ Se lo hizo un monje de este templo_ contestó_ Yo lo vi. _ ¡¿Qué?!_ exclamaron Kagura y Môryômaru al unísono. Naraku entreabrió la boca visiblemente chocado. Hakudôshi prosiguió hablando, no sin antes echarle un fugaz vistazo a Kanna, que le miraba con desconcierto y alivio. _ Sí, un monje. Se conoce que después del asalto, uno de los monjes supo esconderse muy bien, al parecer, era el único superviviente de nuestro ataque. Aprovechó el momento en que Kanna se aisló ella sola en una sala apartada, se acercó a hurtadillas, le arrebató por sorpresa el espejo de las manos, y entonces... _ ¡La forzó!_ se adelantó Kagura horrorizada_ ¡Miserable monje...! _ ¡Qué despreciable!_ añadió Môryômaru asqueado. El muchacho asintió lentamente con la cabeza. _ Aunque no sé de qué os extrañáis_ comentó como si no le diera mucha importancia al asunto_ Todos los monjes acaban siendo iguales, ven una falda y ya van detrás babeando, y si encima es la de una niña... Bueno ¿Qué os voy a contar que no sepáis? En el grupo de Inu- Yasha tenéis un claro ejemplo. Todos callaron durante unos segundos, asombrados por lo que el chaval estaba revelando. Se dieron cuenta de que, efectivamente, habían descuidado a Kanna, ya que ésta sin el espejo podía resultar más vulnerable que los demás. Después de reflexionar, miraron a la niña con lástima. Naraku, como era costumbre, permanecía sereno. _ ¿Qué hiciste cuando lo viste?_ preguntó. _ ¡Vaya pregunta!_ contestó Hakudôshi_ Me lo cargué, naturalmente. _ Eso esperaba_ dijo Naraku_ Esta vez, dentro de lo malo, ha habido suerte, lo que nos lleva a tomar precauciones para la próxima vez. _ Cierto_ afirmó el muchacho_ Ese tipo de precauciones son muy sencillas de tomar. No hay que ser muy inteligente para conocerlas. _Creo saber a qué te refieres_ dijo Môryômaru_ Pero nos gustaría saber con certeza qué es lo que propones. Hakudôshi permaneció en silencio unos segundos, durante los cuales, se dedicó a observar largamente a Kanna. Ésta, a su vez, se quedó de una pieza, ya que empezó a vislumbrar las intenciones de su hermano. _ No dejarla sola en ningún momento_ contestó al fin. Naraku asintió, visiblemente conforme. _ Hacer tal cosa es más complicada de lo que en un principio puede parecer_ dijo a modo de advertencia_ ¿Tú te consideras capaz de desempeñar esa función? _ Por favor, me ofendes_ respondió el chaval vanidosamente_ Todo el mundo sabe que estoy bien capacitado para eso_ se paró un momento para mirar a Kanna_ y para muchas cosas más. _ De acuerdo_ concluyó Naraku_ Ya que te veo tan seguro, dejaré que tú te ocupes de eso. Pero recuerda, no es fácil mantenerse siempre a la guardia de algo o de alguien. Quiero que allá a donde vaya Kanna, tú le acompañes, no la dejes sola en ningún momento, vigila siempre que no se separe de ti. Los ojos de Hakudôshi cobraron un brillo perverso y calculador. _ Seré su sombra. _ Cuento contigo_ dijo Naraku_ Y ahora marcharos todos, incluida tú, Kanna. Ya he terminado con vosotros y preferiría estar solo un buen rato. Los cuatro hermanos obedecieron. Se largaron de la sala de la doble cúpula todos juntos y descendieron por las largas escaleras para salir al enorme jardín. Naraku, ya una vez solo, se quedó mirando hacia el umbral donde habían salido sus siervos. Su rostro se vio ligeramente ensombrecido. _ Este niño..._ se dijo en voz alta_ ¿Por quién me toma? Vaya un cuento el del monje. Como si no supiera desde el principio lo que ha pasado entre él y Kanna. Sin embargo también sé que ella no se considera precisamente una víctima_ negó con la cabeza_ En fin, que hagan lo que les de la gana. Fin ![]() ![]() ![]() ![]() ![]() ![]() En Medio de la Nada Para los más Pervertidos... Atrévete |
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04-07-2008, 09:46 AM
Mensaje: #3
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RE: En Medio de la Nada
Amiga! no sabia que te gustaba el hentai..
![]() Let me drink your blood.. and them let me kill you! Ese día mi corazón se desplomó silenciosamente Incluso destrozado, llorando, la memoria no se puede borrar La oscuridad circula en el interior de mis ojos Se oculta a la mañana y el color se hace invisible. ![]() * Foro Kakumei * Clan Kakumei* KakuChannel* |
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04-07-2008, 09:59 AM
Mensaje: #4
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RE: En Medio de la Nada
¡DIOS MÍO, AMIGA!
Bueno, de todas formas ¡MUCHAS GRACIAS! Espero que no seas muy sensible ![]() ![]() ![]() ![]() ![]() ![]() En Medio de la Nada Para los más Pervertidos... Atrévete |
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04-07-2008, 10:16 AM
Mensaje: #5
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RE: En Medio de la Nada
jajaja.. lo leere porque tu eres mi amiga y porque si! y no! no soy muy sencible.. creeme que hasta he leido hard yaoi (ese es un nombre nuevo para el yaoi extremo o algo asi!) hasta ahora vas muy bien, Ryu!
--leyendo mas-- ![]() Let me drink your blood.. and them let me kill you! Ese día mi corazón se desplomó silenciosamente Incluso destrozado, llorando, la memoria no se puede borrar La oscuridad circula en el interior de mis ojos Se oculta a la mañana y el color se hace invisible. ![]() * Foro Kakumei * Clan Kakumei* KakuChannel* |
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04-07-2008, 10:48 AM
Mensaje: #6
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RE: En Medio de la Nada
¡JA JA JA JA JA JA!
![]() ¿De verdad voy bien? ![]() ![]() ![]() ![]() ![]() ![]() En Medio de la Nada Para los más Pervertidos... Atrévete |
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04-07-2008, 12:25 PM
Mensaje: #7
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RE: En Medio de la Nada
waaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaooooooooo.. en serio la hiciste tu?! parece sacado de un libro o algo.. esta increible.. definitivamente tienes un don amiga, sigue asi!!!
![]() Let me drink your blood.. and them let me kill you! Ese día mi corazón se desplomó silenciosamente Incluso destrozado, llorando, la memoria no se puede borrar La oscuridad circula en el interior de mis ojos Se oculta a la mañana y el color se hace invisible. ![]() * Foro Kakumei * Clan Kakumei* KakuChannel* |
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05-07-2008, 06:31 AM
Mensaje: #8
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RE: En Medio de la Nada
¡MUCHÍSIMAS GRACIAS, AMIGA! Anpa_dyzzer Escribió:(ah! y pobre Kanna ¿Tú crees que lo pasó mal? ![]() ![]() ![]() ![]() ![]() ![]() En Medio de la Nada Para los más Pervertidos... Atrévete |
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05-07-2008, 07:27 PM
Mensaje: #9
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RE: En Medio de la Nada
OMG
![]() ![]() ![]() Mi historia [---Gaijin---] Larga Vida a Kakumei! Devuelta a Pm desps de un largo tiempo ^^ |
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06-07-2008, 02:06 AM
Mensaje: #10
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RE: En Medio de la Nada
¡MUCHAS GRACIAS, AMIGO!
![]() ![]() ![]() ![]() ![]() ![]() En Medio de la Nada Para los más Pervertidos... Atrévete |
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